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27/09/2017
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¡Ay Amores!

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¡Ay Amores!


Por: Bill Landau

Siempre me pareció que el autor israelí Abraham B. Yehoshúa es uno de los mejores intelectuales de nuestra generación en Israel. Recientemente apareció en Aurora una disertación que A.B. Yehoshúa presentó ante 1200 delegados del Congreso Judío Mundial en Jerusalem. El autor de «El amante» prevé una profundización de tres grietas ya existentes en la sociedad israelí: las relaciones entre laicos y religiosos, entre orientales y occidentales y entre Israel y la Diáspora.

Sobre esto último Yehoshúa dijo: «la alineación será cada vez mayor, por la sencilla razón que ya no tenemos necesidad de vosotros, en el sentido práctico del término. Mantenemos relaciones con 170 naciones y ya tampoco necesitamos vuestro dinero, más que para comprar golosinas. Vean que país próspero logramos tener, es una pena malgastar el dinero en nosotros. Ya no necesitamos vuestro apoyo político. Esto les causará mucho daño, porque el mundo judío no apoyó el proceso de paz durante los años anteriores a los acuerdos. Ello no fue solamente porque vuestra idea política era distinta, lo que respetaría, sino porque preferisteis a Israel en conflicto, en guerra, porque eso les llenaba los contenidos de identidad judía, al igual que la lucha por los judíos de la URSS. La paz les quitaría el tema de la desgracia israelí, que era uno de los más jugosos de vuestra identidad judía».
Escandalosas las palabras de Yehoshúa, y sin embargo tratemos de analizarlas desde el punto de vista psico-histórico. Para este fin daré varios símiles sobre la psicoterapia de parejas en conflicto.
Muchas de las parejas que presentan conflicto hoy en día, tienen como leibmotiv el área de SEPARACION-INDIVIDUACION; es decir uno de los integrantes de la pareja decide que ya basta de ser totalmente dependiente de la otra parte, que lo que antes fue se debía a miedos basados generalmente en una baja autoestima que llevaba a la fantasía: «yo tengo que ser lo que el otro o la otra me pide, pues de lo contrario me siento solo(a) y perdido en el mundo».
Otra fantasía es la que un integrante de la pareja juega el papel de víctima, pues sabe que la otra parte así lo desea. Cuantas veces no se presentan a psicoterapia personas «victimizadas» por una pareja autoritaria y sin embargo, les es muy difícil separarse de aquella persona. Su identidad está basada precisamente en ser la víctima o el victimario.
Muchas personas o integrantes de la pareja mantienen su equilibrio psicológico en base a que la otra parte «es la enferma, la débil» con eternas fantasías de rescate. El proceso terapéutico se orienta precisamente a que ambas partes logren una individuación, es decir, maduración en el sentido de no necesitar ser ni «víctima» ni «victimario» o «Mesías» para mantener la relación, o curarse el sentimiento de soledad o finalmente existencialmente hablando, los miedos a la muerte.
La pareja en terapia tiene que darse cuenta que «hay que soltar las riendas» y aprender a levitar en el ser, parafraseando a Cundera. Israel y la Diáspora, han vivido en los últimos 40 años en un estado de fusión continua a raíz del Holocausto. El trauma de la pérdida de un tercio del pueblo judío, creó un estado de tal desesperanza en el pueblo judío de la Diáspora, que sólo el advenimiento del Estado de Israel logró, sólo parcialmente disminuir la angustiante pérdida.
Hasta hace pocos años y antes de iniciarse el proceso de paz con Egipto, el judío diaspórico por lo general encontraba la fuente de su autoestima en los grandes logros de Israel, especialmente en el área militar. Quien no recuerda como reaccionamos después de la Guerra de los seis días. Habíamos conquistado por fin el trauma de nuestra pasividad (en la fantasía) en Auschwitz; el judío volvía a ser fuerte y poderoso. Habíamos depositado en Israel todas nuestras aspiraciones. Nos sentíamos bien, en tanto Israel nos necesitaba en sus horas de crisis y como esas horas de crisis no disminuyeron, sino hasta el comienzo del proceso de paz, nuestra identidad grupal diaspórica estaba asegurada.
Al avanzar los años, el Estado de Israel no sólo demostró que podía existir sin guerras, sino que económicamente era viable sin nuestra ayuda. Nos empezamos a sentir inquietos, tal vez angustiados pues nuestra «pareja» empezaba a ya no necesitarnos. Nuestra «pareja», Israel se estaba convirtiendo como todas las naciones. La utopía de un Israel «luz de las naciones» se esfumaba ante nuestros ojos. Habíamos idealizado demasiado. Tal vez como aquellos padres que por necesidades internas idealizan a sus hijos, sólo para darse cuenta que son, ni más ni menos, igual a todos los demás.






En los últimos años el judío diaspórico ha sentido su identidad tambalearse por estos motivos, aunado al hecho de que, si bien es cierto, que el Estado de Israel nos hace sentir con su sola existencia más seguros en el país que vivamos, por otro lado nos separa el hecho que fuimos siempre por lo general «sionistas de café». Desde aquí apoyábamos con dinero o políticamente cuando podíamos, pero nunca fuimos a vivir con nuestra «pareja»; la cual no sólo hablaba un idioma diferente, sino que se empezaba a ser más independiente.
Tal vez las palabras de A.B. Yehoshúa nos parecen insultantes, posiblemente la verdad se encuentra en el aristotélico «medio camino»; lo que si parece cierto es que los que vivimos en la diáspora nos encontramos en una crisis existencial, con un sentimiento de vacío y soledad, lo que nos ha llevado en los últimos años, y paralelamente con la «independencia» de Israel, a una búsqueda para restablecer nuestra confianza en nosotros mismos, ahora a través de un viraje a la religión y en muchos casos al fundamentalismo, al racismo y a la intolerancia.
Estos fenómenos claro está, aparecen también en Israel, pues nadie en este mundo occidental está inmune a los procesos históricos generales de nuestro fin de siglo. Lo que resulta claro -a pesar del extremismo de Yehoshúa- es que la Diáspora e Israel por raíces histórico-culturales pertenecen a un mismo sistema orgánico. Lo que tal vez ha llegado el momento de entender, es que así como existen parejas psicológicamente diferenciadas, donde cada quien busca su autorrealización sin temor a la separación, de igual manera los judíos diaspóricos e Israel, pueden y deben alcanzar su proceso de diferenciación, sin que ello implique el menoscabo de la relación.
El filósofo judeo-francés Robert Misrahi, define esta nueva polaridad en su libro «El mesianismo laico», cuando escribe que actualmente la civilización judía se define precisamente en la polaridad que existe por un lado con la Diáspora y por otro lado con Israel, y que estos dos polos definen juntos, la nueva estructura del pueblo judío. En este sentido puede la Diáspora tomar conciencia de sí misma y asumir nuevas responsabilidades, justamente, según Misrahi, las del «Mesianismo Laico».
Según este autor, el privilegio de la Diáspora es su situación internacional no estatal; a partir de ello tiene que desarrollar todas las potencialidades utópicas de una existencia individual y social completamente libre de la institución estatal judía, sobre la base concreta de cada una de las culturas y situaciones diaspóricas.
La Diáspora puede aplicarse libremente al desarrollo de una de las más profundas exigencias del «mesianismo»: la reflexión sobre el florecimiento de la humanidad en su condición de tal y con independencia de la estructura propia del estado. El sentido de la responsabilidad y la solidaridad con la historia real de los judíos, vincula sustancialmente a cada diáspora con el Estado de Israel y su seguridad; lo que no impide que cada una de ellas pueda asimismo plantear, como una de sus principales exigencias, el desarrollo de las potencialidades humanas, que no se definen por el Estado ni por la religión.
La Diáspora, continúa este autor, por su espíritu internacional y su situación transestatal, está en la mejor disposición de efectuar un trabajo de constante liberación respecto a los dogmas, las ideologías y las posiciones adquiridas, con tal que antes haya ejercido la misma crítica para sus propios dogmas y sus propias ideologías.
Ante el reto de A.B. Yehoshúa y el pensamiento de Misrahi, puede concluirse que nuestro reto como judíos diaspóricos, es decir, como individuo diferenciado (parte de la pareja), radica en impulsar cada vez más la exigencia de libertad doctrinal y política, sobre la base de una crítica permanente de las estructuras de opresión y la realización de la justicia, ya sea individual o grupal.





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