Los Herrera y el Templo - Intelecto Hebreo

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27/09/2017
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Los Herrera y el Templo

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Los Herrera y el Templo


Por: Becky Rubinstein

Joel de la familia de los Herrera –orgulloso de su genealogía, apegado a la Ley de Moisés por decisión propia- protege con los suyos el Templo de Nidjei Israel, ubicado en el Centro Histórico de la Ciudad, histórico también para el elemento judío. Ahí vivieron los judíos ocultos de la Colonia; ahí fueron juzgados por practicar la Ley de sus ancestros. Ahí se establecieron de nueva cuenta los judíos; ahí empezaron a ganarse el pan como si el destino resarciera las pérdidas del pasado.
Joel Herrera, hijo de una frondosa familia constituida, en su mayor parte por varones -Rubén, Moisés, Joel, Javier, Simjá, Shmuel, Simón, David -y por tan sólo una mujer, Yolanda, describe los pormenores de su vida como judío consciente de sus responsabilidades hacia el Dios de Israel y hacia su comunidad, los Nidjei Israel, los remanentes de una diáspora forzada y en comunión por la vida, por una continuidad.
-Joel responde a nuestras preguntas, sacia nuestra curiosidad primordial: ¿Cómo, cuándo y por qué la familia Herrera se han afiliado a la suerte de los judíos en México? He aquí la voz, la que en primera persona explica, paso a paso, punto a punto, al ritmo del entusiasmo, su historia.
-A mi padre, desde siempre, desde muy niño, eso viene desde mi abuela, quería integrarse al judaísmo. Ella era comerciante, vendía en un tianguis. Le compraba mercancía a mucha gente paisana; mi padre trabajó con paisanos, en una carnicería, en una peletería...
A mi abuela le llamó la atención la forma de ser del judío; siempre le llamó la atención su forma de ser, su trato. Ella los veía con admiración. De tiempos de La Merced, mi abuela tenía el gusto por el judaísmo.
-Esther Nila, mi madre, mujer abnegada, ayudó a mi padre; ha luchado, sigue luchando en su tienda. Tiene 74 años y nunca le ha dicho: "Hoy no voy a la tienda, porque me da flojera".
-Yo desde que nací, tenía el Bris -no sé quién me lo hizo-. También lo tienen todos mis hermanos. Desde que tengo uso de razón, íbamos a pasar las fiestas de Rosh-Hashaná y de Yom Kipur a Venta Prieta. Me acuerdo, de chico, fuimos a Justo Sierra porque mi padre nos mandaba para el Cabalat Shabat. Somos ocho hombres y una mujer, que a Dios Gracias, hemos tratado de ser gente de bien.
-El hijo de mi hermano iba a hacer Bar-Mitzvá; el Rabino Gershberg (q.e.p.d.), vio nuestro interés. Mi hermano se pegó mucho a él. Fue el que entró a la Comunidad Ashkenazí en forma más profunda. Seguimos sus pasos. Rubén Herrera fue el primero que empezó en forma ortodoxa. Ya siendo un poco mayores, empezamos a querernos casar. Shlomó Lerer, el rabino de la Comunidad de Bet-El, me casó en Venta Prieta. A varios de nosotros, nos casó ahí. Mi esposa es de Venta Prieta; también las de algunos de mis hermanos.
Varios de mis hermanos estuvimos en Israel. Le puedo contar que por el '68 -en época de Las Olimpiadas- me di cuenta de lo bonita que es la Tierra de Israel; me gustó mucho los Kibutz. Me quería quedar por aquel entonces -soy ingeniero mecánico, egresado del Politécnico-. En aquella ocasión aproveché un viaje de práctica a algunas empresas en París, Bruselas, Londres; después, cuando regresé, me pasé a Israel.
Estuve en un Garín Hajshará del Noar Hatzioni, en Kfar Glikson, entre Natanya y Binyamina. Nunca soñé que Israel fuera eso. Es el mejor recuerdo de mi juventud; un tiempo precioso, lo máximo. Después de esto, tuvimos la oportunidad de que mis hermanos pudiesen ir. Éramos una familia que habíamos probado la Leche y la Miel de Israel. Primero Samuel, Sergio, Javier, Simón y David.
Mi hijo se encuentra de Hajshará, por medio de la Yavne; salió de Prepa con el Bnei Akiva. Cinco integrantes de mi familia estuvieron en el '89 en una Yeshivá con el Rabino Moisé Fisf. Cada año, uno de nosotros viaja a Israel.
Aquí en México, por la mañana vamos a rezar a Ramat Shalom y después del rezo, nos quedamos, mi padre, mi hermano Moisés y yo, a estudiar.
En cuanto a la adopción del Shul (Templo), es una fuga especial; una forma de contribuir con Dios. Yo sé que un judío tiene que hacer tres rezos diarios; creo que asistir a una sinagoga es estar con Hashem. Asistimos diariamente a Justo Sierra y decir Minjá es una forma de liberarnos de lo cotidiano: Yo he tratado de juntar un Minyán con los comerciantes de la zona. Hay gente que llega, agentes de viajes. Ya saben que se hace la Seudá; mi papá da un refrigerio, de lunes a jueves, con fruta de la temporada. Rezamos, comemos y platicamos de Torá, lo más importante. Leo hebreo, no lo puedo traducir.
Tengo un negocio que me permite despegarme y poder asistir. Pero no estoy solo; también ha contribuido, para que se mantenga la luz de la sinagoga, el Rabino Bartfeld quien en algunas ocasiones, como Sukot, oficia los rezos. De igual modo está con nosotros el Rabino Tabachnik, que ha ayudado a que se mantenga viva la llama ardiente del Templo.
Por el momento nosotros estamos tratando de frenar el deterioro natural del inmueble, pero las cosas tienen que llegar a su límite, porque es la ley de la vida. Mientras se puede mantener el lugar... Dicen los rabinos que cuando se funda un Shul, en su lugar está la Shejiná, no podemos abandonarlo... A lo mejor es algo muy personal. Yo podría irme a otro templo, pero me nace lo que hago.
Joel termina su soliloquio -que es diálogo con Dios- con la comunidad mexicana y se despide con un solo y profundo anhelo, que interpretamos a nuestro particular modo: que el Templo de Nidjei Israel, avecindado en la Calle de Justo Sierra, vea mejores tiempos; que siempre haya Minyán; que vea crecer el número de oficiantes que se comuniquen en espíritu con la Shejiná en un templo vivo, cada vez más engalanado, tal vez con olor a nardos, siempre encalada, y fresca como una novia: la casa del judío mexicano.







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