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04/07/2018
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25 Años desde la Guerra de Yom Kipur

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25 Años desde la Guerra de Yom Kipur


Por. Tzila Chelminsky

Parece mentira que ya hayan pasado 25 años desde esa guerra tan terrible que cambió de golpe toda la concepción estratégica, la sensación de seguridad y de estabilidad del pueblo asentado en Sión.
Para todos nosotros, en cierta manera todavía "olim jadashim", la guerra nos removió todas las perspectivas, acrecentó nuestros temores y quizá, de golpe, hizo sentirnos más partícipes, acelerando nuestra integración a este país. Los recuerdos surgen nuevamente. Las anécdotas afloran con sabor amargo.
La víspera de Yom Kipur, cuando tantos israelíes estaban en el Bet Kneset participando del "Kol Nidre", empezamos a notar un fuerte movimiento de coches y camiones en nuestro barrio. La experiencia de años anteriores nos indicaba que precisamente, en la noche de Yom Kipur, "...es posible cortar el silencio con un cuchillo..." El silencio se siente, penetra. Vivir la serenidad de Yom Kipur en Israel es inolvidable. Zahala, barrio construido originalmente por el ejército (de Zahal, el ejército de defensa de Israel), cuenta con un alto porcentaje de altos jefes militares, por lo que la movilización masiva empezó en la noche, sin que pudiésemos explicarnos lo que estaba sucediendo.
Fue recién a las 11 de la mañana siguiente, cuando el telefonazo inesperado de una amiga, nos comunicó que la guerra estaba por iniciarse. Su esposo, director de departamento en el hospital militar de Tel-Hashomer, había sido uno de los primeros en ser movilizados, en estado de alta alerta. Aclaró completamente mis dudas: la guerra sería total, estallaría tanto en el sur como en el norte, y se predecía que iba a ser difícil y sangrienta. A las 2 de la tarde del sábado 5 de octubre, cuando la gente hacía un pequeño descanso en el largo rezo del día, sonó la alarma en todo el país, indicándonos que la guerra había empezado y que había que correr al refugio antiaéreo. Cuál sería el grado de preparación, que en nuestro barrio, nadie sabía quién tenía la llave del refugio. Decidimos quedarnos en casa.

A las 6 p.m. del mismo día, apareció en la pantalla de la televisión, la sumamente preocupada Primer Ministro Golda Meir, quien informó a la nación del inesperado y alevoso ataque tanto por parte de los sirios en el norte, como de los egipcios en el sur. Los sirios habían rápidamente avanzado en las alturas del Golan con un ataque masivo de tanques, mientras que los egipcios, habían cruzado en esa noche, el canal de Suez penetrando en Sinaí, sorprendiendo desprevenidos a los israelíes.
En esa semana, una compañera de escuela de la mayor de mis hijas se había quedado con nosotros, ya que su madre, estando por dar a luz, había viajado a Jerusalén, confiando sólo en su ginecólogo de muchos años. El hijo Mayor, Oded, estaba haciendo su servicio militar obligatorio. El lunes, dos días después de iniciada la guerra, nos habló la madre invitándonos al "brit" del recién nacido. Ante nuestras dudas de si podríamos viajar dadas las presentes circunstancias, su respuesta fue segura y autoritaria. A la siguiente semana se podría viajar con certeza a Jerusalén. Su esposo que había estado muchos años en el ejército, conocía la situación y aseguraba que la guerra no iba a durar mucho. Unos días después le comunicaron a la familia que Oded, (Odi como lo llamaban) había caído en el frente sur. El "brit" de Ido tuvo lugar bajo circunstancias totalmente diferentes.
Mi amiga Rivka había estado preocupada hacía ya mucho tiempo. Su hijo Yuval estaba en el ejército, siendo un músico que había ganado ya varios premios tanto nacionales como internacionales tocando la flauta; su servicio militar en el cuerpo de artillería le estaba atacando el oído. Lo había llevado al médico, quien confirmó sus temores: el estruendo producido por los cañonazos podía afectarle efectivamente la audición. Yuval cayó en los primeros días de la guerra dentro de su tanque; durante muchos meses estando "desaparecido" no pudieron encontrar su cuerpo en las infinitas arenas del desierto. Los padres realizaron una verdadera cruzada hasta que fue encontrado y enterrado con honores militares. Una bella escultura realizada por Batia Lishanski titulada "El Flautista" en recuerdo de Yuval, adorna actualmente el foyer del Hechal Hatarbut en Tel-Aviv.
El sábado siguiente del estallido de la guerra, mi hija Heidi amaneció con un fuerte dolor de vientre. La pediatra que la revisó diagnóstico un ataque de apendicitis, y estando los hospitales en estado de emergencia, ante la imposibilidad de hacer un examen de sangre, nos sugirió llevarla de inmediato al Hospital. Infinitas son las escenas que se podían relatar. Las salas de operaciones estaban funcionando a todo cupo con cientos de soldados heridos y quemados que llegaban transportados en aviones y helicópteros. Fue ese precisamente el fin de semana más sangriento. Las enfermeras estaban movilizadas atendiendo a los soldados más graves, lo cual hizo que durante todo el tiempo que mi hija estuvo en el hospital, nosotros los padres tuviésemos que atender a los pacientes.
La espera para introducirla a la sala de operaciones nos pareció eterna. Finalmente apareció un médico quien en inglés nos comunico que él sería quien la operaría, siempre que hubiese una sala disponible, pues habiendo tantos soldados con quemaduras, las operaciones de tipo infeccioso inutilizaban las salas hasta no ser totalmente esterilizadas. Temerosa hice mis indagaciones, sólo para enterarme que se trataba de un médico judío americano, quien se había presentado como voluntario, y que era Director del Departamento de Pediatría del Mount Sinaí Hospital de Nueva York.
Tiempo después, nos contó un amigo médico, quien conocía al voluntario americano, que en la sala de su departamento en Nueva York estaba colgado el precioso paisaje de Jerusalén pintado por David Roberts, con el que le testimoniamos nuestro agradecimiento, no sólo en nombre de nuestra hija, sino en el de tantos enfermos israelíes a quienes atendió, habiendo sido un verdadero ejemplo de solidaridad judía en épocas difíciles.
Las cicatrices de la guerra han quedado todavía abiertas. El costo de la guerra en vidas humanas fue enorme: 2527 israelíes perdieron la vida, 7250 fueron heridos, 300 fueron tomados prisioneros y 18 estaban aún desaparecidos.
La Comisión Agranat, nombrada para investigar los acontecimientos, exoneró de culpa al establecimiento político y directivo del país, culpando al ejército de lo sucedido. El Jefe del Estado Mayor David Eleazar (Dado) fue depuesto. Todo el servicio de inteligencia militar fue cesado. El comandante de la zona sur fue juzgado. Pero el público israelí no quedo satisfecho. Se necesitaban más culpables por el "mejdal" (la falla). Golda Meir renunció, no así Moshe Dayan, Ministro de Defensa, ante cuya casa, y durante mucho tiempo, montaron guardias de protesta padres enlutados. Aún hoy, en la fecha del aniversario, se pide una revisión de todos los acontecimientos, llevándose a cabo en la prensa y televisión una verdadera guerra de generales quienes se culpan mutuamente.
Los años hacen lo suyo, Ido ha terminado su servicio militar no habiendo sido llamado a puesto de combate por ser hijo de familia enlutada. Mi amiga Rivka tiene unos nietos gemelos llamados Yuval y Edith. Para los Oberlander, Peled, Tenenbaum, Mirón y las siete familias enlutadas de mi barrio, la cicatriz seguirá abierta. El dolor no desaparecerá nunca...
Fue sin duda este sangriento acontecimiento el que convenció a los árabes de que la solución al conflicto tendría que ser diplomática y no militar, a pesar de haber iniciado la guerra en forma tan óptima, terminó con una rotunda victoria para Israel. Sadat llegó a Jerusalén pocos años después, iniciándose el largo camino hacia la paz. Camino largo y doloroso que se está recorriendo todavía.

Esperamos que en un futuro no muy lejano se terminen las negociaciones con los palestinos,
se inicien con los sirios y libaneses
y se llegue a la tan ansiada paz en la región.


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