Amo París al despertar - Intelecto Hebreo

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27/09/2017
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Amo París al despertar

2° Lustro Rev. Foro

Amo París al despertar


Por: José Brito ( Tenerife, I. Canarias, Esp.)

I

Albert Speer, el gran mentiroso que nos sedujo a todos con su falso encanto, el que ayudó a incubar la serpiente, nos dice en sus memorias: "Hitler llegó a París un 28 de junio de 1.940. Su visita fue única y furtiva. Aterrizó en Le Bourget a las cinco y media de la mañana. Era domingo. La comitiva era reducida y yo formaba parte de ella. Nos acomodamos en dos Mercedes descapotables. Como siempre, nos acompañaban los fotógrafos y camarógrafos oficiales del Partido". En un París ocupado y a las cinco de la madrugada, poco tránsito de vehículos encontró. En esa especie de excursión artística, recorrió todo lo que estaba interesado en ver: primero, la Ópera , después la Plaza de la Concordia, los Campos Elíseos, el Arco del Triunfo. Delante de la Torre Eiffel, al igual que en los Inválidos, le tocó fotografiarse de forma oficial. Nuevamente, Speer nos dice que el único lugar que realmente emocionó al Führer fue el edificio de la Ópera, aunque, de forma sorpresiva, admite que el objetivo principal de tan ansiado periplo era el Sagrado Corazón "esa insípida y romántica imitación de las iglesias con cúpula del bajo Medievo" .
 Sabemos que los escarceos artísticos del cabo austriaco empezaron en sus años de adolescencia, aunque no es menos cierto que su dudoso talento artístico nunca le fue reconocido. Fallidos fueron sus intentos -dos- de ingresar en la Academia de Bellas Artes de Viena, así como su posterior pretensión de entrar en la Escuela de Arquitectura de la capital austro-húngara.
 El ego maltratado de un demente en ciernes puede causar múltiples sorpresas. No digamos si al propio resquemor por el rechazo sufrido le añades un sentimiento perpetuo de victimismo que te hace pensar que eres una especie de genio incomprendido al que se le persigue de forma injusta. Cóctel explosivo donde los haya.

II

A lo largo de los siglos XIX y XX, París alcanzó la hegemonía mundial del arte y del buen gusto. El mercado del arte, tal y como lo conocemos hoy, se creó allí. Era un mundo compuesto por museos compradores, escuelas pictóricas de diferentes tendencias, marchantes, coleccionistas privados y, naturalmente, críticos de arte que te elevaban al séptimo cielo o te hacían descender a los infiernos. Todo de acuerdo a cómo se expresaran en relación al tipo de pintura y la escuela pictórica a la que pudieras estar adscrito.
 
En Septiembre de 1.939, Europa -y el mundo entero- se convulsionó con el estallido de la Segunda Guerra Mundial. París seguía siendo reina indiscutible del arte sin que ninguna otra ciudad -Londres o Nueva York- pudieran hacerle sombra como sí lo harían después de terminada la conflagración mundial.
 Tras la ocupación alemana de la ciudad en junio de 1.940, empezó de forma sistemática y metódica una operación de pillaje artístico sin precedente en la historia del arte.
 Contando con la colaboración de expertos marchantes, informadores y una bien montada red de espionaje, los alemanes, a través de su embajada en París, saquearon a pleno rendimiento todas aquellas galerías de arte que les parecían susceptibles de esconder o contener tesoros artísticos en los que pudieren estar interesados.
 No es menos cierto que a su llegada a París, los alemanes ya llevaban preparadas extensas listas confeccionadas por expertos conocedores de arte alemanes en las que se especificaba qué pinturas y qué galerías tenían que ser saqueadas. Indiscutiblemente, las más interesantes para ellos eran aquellas cuyos propietarios eran judíos franceses ya que de esta forma, al considerarles directamente enemigos del Reich, sólo tenían que intervenirlas e incautar todo su contenido. No era necesario ningún otro trámite burocrático. Resulta interesante comprobar que el expolio artístico perpetrado por los alemanes en la Europa ocupada por ellos corría parejo al denominado esfuerzo de guerra, es decir, le daban igual importancia al despojamiento y robo sistemático de obras de arte que a las victorias militares o a las conquistas territoriales.
 El departamento principal de saqueadores nazis, instalado en principio en plena embajada, se componía aproximadamente de unas sesenta personas. Todas ellas, desde el más modesto soldado hasta el experto historiador de arte, pasando por la eficiente secretaria, camioneros y resto de obreros, tenían una misión determinada que cumplir. A la cabeza del organigrama de tan especial sección figuraba Alfred Rosenberg, ideólogo y líder del Partido Nacionalsocialista quien, de forma directa, recibía órdenes del Reichsmarschall Hermann Göring, ávido e inescrupuloso coleccionista de arte quien no dudó ni un ápice en ordenarle a su subordinado que llevase a cabo la mayor confiscación de obras de arte perteneciente a ciudadanos franceses de origen hebreo. Sin lugar a dudas, fue Hermann Goering el líder nazi que más se aprovechó -para su colección privada- del expolio artístico sufrido por el pueblo francés.  

III

Muchas fueron las familias judeo-francesas que sufrieron en carne propia la expropiación sistemática de su patrimonio artístico. En su calidad de judíos habían sido declarados enemigos del Reich no importaba donde estuvieren ni que fueren legalmente ciudadanos de otro país. No eran sujeto de derecho frente a la legislación alemana que, en relación a la cuestión judía, era la vigente en los países ocupados por los nazis. Familias como la del importante marchante parisino Paul Rosenberg; los empresarios Bernheim-Jeune o David-Weill; el coleccionista Alphonse Kann o el financiero Fritz Gutmann, figuran entre aquellos que fueron vilmente despojados de obras de arte que no solamente se circunscribían al ámbito pictórico sino que incluían valiosísimas piezas de mobiliario, libros antiquísimos o joyas de valor incalculable.
 Sin embargo, el leitmotiv de este artículo no ha sido ninguno de los personajes nombrados anteriormente. No porque no fueren interesantes en sí mismos o porque sus colecciones de arte desmerezcan al compararlas con la que a mí, personalmente, me parece la más valiosa de entre todas ellas no sólo por su valor económico o artístico ya que ambos son innegables, sino porque se trataba  -y se trata- de una familia paradigmática en el mundo judío: obviamente, me estoy refiriendo a los Rothschild.


IV

Ya antes de ocupar Francia, los expertos alemanes en arte se habían fijado de forma preferente en las pinturas y colecciones de arte de la rama francesa de la familia Rothschild. Mucho y muy exquisito era lo que esa dinastía, en cuestión de arte, poseía. Para empezar, eran los propietarios de un cuadro por el que el propio Führer sentía una atracción especial : hablo de El Astrónomo, de Jan Vermeer, pintor holandés del siglo XVII.
 Pero …….. primero, un poco de historia. La saga de los Rothschild comienza en la ciudad alemana de Francfort. Desde allí y a través del tiempo, sus miembros se extendieron por París, Londres, Viena y Nápoles. La rama francesa de la familia fue fundada por el barón James a principios del siglo XIX.
Desde el principio y de acuerdo a la tradición familiar, se dedicaron a la banca y a la industria.
 Al estallido de la Segunda Guerra Mundial, tres eran los descendientes principales de la rama gala de esta dinastía: el barón Édouard, jefe de la familia; el barón Maurice y, finalmente, el barón Robert, quien presidía de aquella el denominado Consistorio Israelita -organismo que agrupa las distintas instituciones judías de Francia- .
 Hablar de la inmensa fortuna de los Rothschild me parece superfluo. Aparte de multimillonarios intereses en los sectores bancario y financiero, la fortuna se hizo aún más inmensa por medio de sustanciosas inversiones en los ferrocarriles franceses y en el petróleo ruso. Pero ….. como no sólo de pan vive el hombre (¿dónde habré yo oído anteriormente esta frase? ) , también hicieron su aparición en el campo enológico comprando los conocidos viñedos de Château Lafite, así como en el mundo ecuestre con varios criaderos de sementales en la región de Normandía.
 De las diferentes colecciones de arte pertenecientes a los tres hermanos, la más grande y prestigiosa era la del barón Édouard. El Astrónomo, obra ya nombrada anteriormente, colgaba de una de las paredes de su magnífico palacete situado en el número 2, rue Saint-Florentín. Aparte de esta codiciada pintura, también eran suyos un retrato de la marquesa de Pompadour, de Boucher, y un Felipe II, rey de España, atribuido a Velázquez.
 De la colección del barón Robert -más pequeña en tamaño que la de su hermano Édouard- habría que destacar una valiosísima colección de esmaltes de Limoges, de la época del Renacimiento, así como obras de Rembrandt y Fragonard.
 El barón Maurice, también poseía obras de gran valor de Rembrandt y un gran número de cuadros de las escuelas flamenca y holandesa, que tanto interesaban a los expertos en arte alemanes por su vinculación con el arte germánico del norte de Europa y sus absurdas teorías acerca de la supremacía de la raza aria.
 


Es interesante notar que la vinculación de los nazis -especialmente de Hitler y Göring- con la escuela de pintura holandesa es, esencialmente, una fuente inagotable de antisemitismo. Sabemos de la admiración , casi paranoica, del Führer hacia Rembrandt al que consideraba como un héroe y modelo de la cultura germánica y la raza aria. Lo inquietante del tema -y Hitler lo sabía abiertamente- eran las conexiones y simpatía del pintor holandés con el mundo judío de la ciudad de Amsterdam, especialmente, con la comunidad hispano-portuguesa a quienes visitaba con frecuencia. Uno de ellos, Menasseh Ben Israel -su nombre en portugués era Manoel Dias Soeiro- fue plasmado en un lienzo que hoy se encuentra en el Museo de Israel. Éste último fue quien le presentó al doctor Efraím Bueno, a quien también Rembrandt inmortalizó en otro importantísimo retrato que hoy cuelga de una de las paredes del Rijsmuseum de Amsterdam.
Estas colecciones no estaban limitadas a lo meramente pictórico, ya que también incluían costosísimo mobiliario de los siglos XVII y XVIII y varias bibliotecas de libros antiguos y manuscritos creadas y atesoradas por la familia a lo largo de generaciones. Mención aparte merecería una rica y muy variada colección de libros histórico-religiosos de Judaica.
 Todo este conglomerado artístico había sido creado con paciencia y esmero por las diferentes generaciones de esta saga familiar. Cada Rothschild tenía el sagrado deber de enriquecer, mejorar y aumentar el importantísimo legado artístico dejado por sus antepasados.  
 Como muchos otros marchantes y coleccionistas de arte, los Rothschild temían más que nada la destrucción de sus obras debido a batallas y bombardeos sobre París, nunca sospecharon acerca de la meritoria operación de pillaje y saqueo que los alemanes tenían preparada desde mucho antes de la ocupación del país. Debido a ello, la primera medida a tomar a efectos de salvaguardar tan vasto legado fue embalarlo debidamente y transportarlo fuera de la ciudad almacenándolo en las propiedades que la familia tenía en el campo. Los Rothschild también utilizaron a amigos y familiares no judíos, así como a contactos diplomáticos y administrativos para proteger sus obras. Por ejemplo, una parte muy importante de estas colecciones quedó bajo la protección de los museos nacionales de Francia, donde se falsificó la documentación inherente a las obras de forma que pareciere que habían sido donaciones hechas por la familia al estado francés previas a la declaración de guerra.
 Una vez que sus valiosas pinturas y demás objetos de arte están -o así lo creían ellos- a buen recaudo, la rama francesa de los Rothschild desaparece de Europa trasladándose a Estados Unidos y Canadá. Como castigo por su intempestiva huida, el gobierno de Vichy los despoja de la nacionalidad francesa a la vez que confisca todos sus bienes, todo ello según se estipulaba en las leyes contra los judíos y resistentes en un intento de evitar su huida hacia Inglaterra para unirse a De Gaulle. Lo que aún no sabía el gobierno de Vichy es que la mayoría del legado artístico de los Rothschild se hallaba en la zona ocupada por el ejército alemán. La primera acción del notable equipo de desvalijadores es trasladarse a los domicilios parisinos de los tres hermanos donde no encuentran absolutamente nada ya que, como antes comenté, todo se había trasladado fuera de París. Haciendo uso de una logística inusitada los alemanes asaltan los castillos familiares localizados en diferentes departamentos del territorio francés, donde encuentran un botín que les deja anonadados por su diversidad y valor y que excede, en mucho, de lo previsto por ellos.
 Entre enero y febrero de 1.941, la inmensa mayoría de las colecciones Rothschild está en poder de los alemanes quienes las trasladan al museo del Jeu de Paume, en París, que hacía las veces de almacén de arte robado, a efectos de preparar la documentación necesaria para su confiscación. El 3 de febrero de 1.941, la casi totalidad del legado artístico de la familia es despachado hacia Alemania en el tren personal del Reichsmarschall Goering. El 12 del mismo mes llega a Alemania para ser trasladado, siempre escoltado por la Kriminalpolizei, al romántico y neblinoso castillo de Neuschwanstein -el de Luis de Baviera, el rey loco- y que les sirve a los desvalijadores alemanes como depósito de las obras confiscadas y seleccionadas por el III Reich.

V

El bombardeo total sobre Alemania por parte de los aliados occidentales comienza en 1.944. Hasta esa fecha, casi la totalidad de las colecciones de la familia  Rothschild se encuentran repartidas entre el castillo bávaro nombrado más arriba, los refugios antiaéreos del Führerbau en München, y en menor cantidad, en el castillo de La Treyne, depósito del Museo del Louvre en la zona no ocupada de Francia. Una vez que los alemanes comprenden que no ganarán la guerra, trasladan todo este valioso material artístico a minas de sal abandonadas cerca de Alt Aussee, en Austria, siendo allí donde lo encontrarán sano y salvo los ejércitos estadounidenses y soviéticos. La gran mayoría de estos objetos serán repatriados a Francia -de donde nunca debieron salir- y restituidos a sus legítimos propietarios al final de la contienda mundial. Antes del obligado final, dos datos de interés:  a) en lo referente a la comentada colección Rothschild, decir que el inventario de confiscación realizado por los alemanes, arrojaba la exorbitante cantidad de cinco mil nueve objetos de arte, y b) el saqueo alcanzó tan vastas proporciones que al retirarse los alemanes de París en 1.944, tras cuatro años de ocupación, Francia se había convertido en el país más expoliado artísticamente de toda Europa occidental.

EPÍLOGO
¿Puede el arte proteger el ser humano en el momento de mostrar su lado más inhumano, tenebroso y despiadado? .

 ¿Puede el ser humano, a través de la contemplación y entendimiento de lo que el arte significa, intentar domeñar el demonio que todos, bajo determinadas circunstancias, podríamos llevar dentro? .

 Sinceramente, creo que no. En el fondo de todo lo narrado anteriormente -poco por lógicas razones de espacio- subyace el tema de la Shoá. Hitler y Göring, genuinos representantes del mal absoluto, eran amantes del arte -robado o expoliado a sus legítimos propietarios- sabían distinguir entre lo hermoso y lo menos bello, sin embargo, eran asesinos en potencia, capaces de perpetrar las mayores atrocidades a que se haya podido enfrentar el hombre en época contemporánea. Su deleznable conducta nos demuestra que es perfectamente posible ser bárbaro y amante del arte al mismo tiempo. Lo bello, desgraciadamente, no elimina el lado turbio y oscuro del individuo.

Bibliografía.-
= Erinnerungen.  Albert Speer. (Edic. 2.001).
= The rise of the French Rothschild
. Anka Muhlstein.
= A family of fortune
. Virginia Cowles.  (1.973).
= The wealth and power of a dynasty
. Derek Wilson.
= A history of the Jews
.  Paul M. Johnson.  (1.987).






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