Ánimo ante las adversidades. - Intelecto Hebreo

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27/09/2017
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Ánimo ante las adversidades.

2° Lustro Rev. Foro

Ánimo ante las adversidades.    

Por: Max Dániel Halpert.        (Enero 2012)  

Durante muchos años oí de viva voz, vi en videos y he dado numerosos testimonios del Holocausto. Mi escrito nació por una petición especial de mi hijo, quién desde niño conoce mi característica de ser siempre optimista y alegre. En este trabajo el enfoque que he dado a este tema, hasta ahora es totalmente diferente a todos que han escrito o expuesto los sobrevivientes, por lo menos en México. En mi presentación encontrarán algunos de los pocos sucesos  que acontecieron conmigo durante mi estancia en los trabajos forzados, en los Campos de Concentración y bajo el yugo comunista.


Les quiero exponer desde donde se origina mi virtual A.D.N. del buen humor acompañado con música, aún  en situaciones adversas. Nací en Budapest en 1924,  pertenecía a una familia muy unida donde a pesar de que formábamos parte de la clase media donde los problemas económicos predominaban, nos envolvía siempre el buen humor, música, canto y cooperación. Aunado a esto, a los 6 años de edad cuando iba a la escuela se acostumbraba a celebrar una vez a la semana el acto "al honor de la bandera nacional" y nos enseñaron a cantar el himno nacional. Este simple acto también me indujo para el buen humor, dado que la primera frase del Himno Nacional de Hungría dice así: "Dios bendiga al húngaro con buen humor y abundancia". En innumerables ocasiones desde mi niñez y de mi juventud repetía y repetía la misma frase, por lo que también sirvió para acrecentar en mi carácter la importancia del buen humor

Por los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial y por ser judíos, mi familia totalmente se desintegró, en vista de que a cada uno de los miembros los llevaron a distintos destinos. Puedo asegurarles -aunque no hubiera tenido mi carácter de lo que les estoy hablando- mi gran y verdadero amor familiar; siempre lo llevo arraigado a mi ser. Jamás pensé que les pudiera suceder algo fatal y me mantenía confiado de  poder verlos al término de la guerra. No tenía pensamiento alguno de no poder reunirnos nuevamente. El gran amor hacia mi familia significaba el valor real de la vida, porque el amor es la esencia de lo que es la familia. En mi infortunio día tras día evocaba con enorme alegría los años felices que pasé con ellos.

Desde que fui reclutado y obligado con otros jóvenes a realizar día tras día  trabajos forzados que consistían en tareas pesadas y de alto riesgo, sin contar con equipo adecuado ni protección alguna, trabajamos prácticamente sin descanso y si fuera poco, debíamos sufrir además maltratos y humillaciones sin límite. Curioso que bajo estas circunstancias siempre pudimos hallar cierta animosidad. Por el odio a nuestros superiores y sentimiento de oposición, cuando pudimos, saboteamos las tareas encomendadas a nosotros. Este hecho nos causó cierto tipo de venganza por los maltratos, por lo que alegremente comentábamos los resultados de nuestra audacia.

En esa época terrorífica, un día empezaron a sobrevolarnos aviones aliados que por oleadas dejaban caer sus bombas a nuestro alrededor. Obviamente esto causó temor y pánico entre nuestros captores y a muchos de sus prisioneros. Sin embargo, a algunos de mis compañeros y a mí, esos ataques nos llenaron de júbilo y esperanza, a pesar del peligro que representaba para nuestras vidas; era clara señal de que los aliados podían hacer daño a los nazis. mí eso era un gran motivo para sentirme contento y feliz.

Cuando fui brutalmente encaramado a golpes y empujones al vagón para animales que nos transportaba al campo de concentración, encontré un compañero de escuela con las mismas características  alegres y optimistas como yo, y con él siempre compartía los recuerdos de los años felices; constantemente comentábamos el lado bueno de nuestras vidas, acompañando -aunque fuera tarareando- una canción alegre. Esto sucedió aún en las situaciones más terribles inimaginables. Si bien cada persona tiene su particular sentido del humor, para mí lo importante era reencontrarlo, incentivarlo y compartirlo.

Desde niño me caracterizaba y practicaba el humorismo, aún durante el atroz suceso y a pesar de todos los sufrimientos, mi humor parece haberse puesto a prueba allí, en los campos de concentración. Tengo que decirles que a pesar de estar viendo tanta brutalidad y trabajando en las fosas comunes, se apoderó de mí una virtual cortina invisible que me encubría de la realidad. Consideraba que el mal no puede ser duradero. Tal vez eso me originaba  un sentimiento de esperanza de poder salir de la situación que prevalecía. Todos saben que no había condiciones para resistir, teníamos una pésima -si se puede llamar así- alimentación,  vivíamos en un ambiente hostil, los nazis nos denigraban y propiamente para sobrevivir tenía dos opciones, caer en desesperación y pesimismo o usar mi única arma poderosa disponible, el optimismo y buen humor. Muchos sucumbieron y murieron, yo elegí la vida siempre encontrando algo atenuante, y ver el lado menos gravoso de la situación.

Recuerdo que en Bergen Belsen  todas las madrugadas, éramos sacados de las barracas para formarnos y poder contarnos como reses. En el cruel invierno, vestidos sólo con ropas harapientas insuficientes para cubrirnos totalmente, mucho menos para protegernos del frío, los nazis encargados del conteo solían presentarse hasta las ocho de la mañana, por lo cual teníamos que esperar en la intemperie, semi-congelados durante más de cuatro horas. Alcancé a tener la lucidez durante las largas horas de estar parado y esperando, pensaba y meditaba sobre la naturaleza, fortaleza y comportamiento diferente de cada ser humano. Veía que cuando las cosas se ponen difíciles, unos siguen nadando mientras otros casi se ahogan. Los que logran nadar son los más resistentes, los que mejor controlan sus emociones, y que no se alteran; en ellos propiamente ‘rebotan’ de las experiencias estresantes. ¿Como encontrar lo bueno en esta circunstancia? Ver lo bueno. ¿Cómo ver lo bueno?; así: que los nazis que nos contaron, ocasionalmente se retiraron una hora antes de lo acostumbrado, por lo que no tuvimos que sufrir tanto tiempo en el tremendo frío. La moraleja fue, ver el lado menos malo, ver el hecho real, que a veces nos tocaba mucho menos tiempo. Esto lo llamo ser  positivo.

En el Campo alrededor de medio día, después de hacer una larga cola, recibíamos una porción de "durgemuse",  que era una mezcolanza de raíces con sal, cocidas en un tambo parecido a los de petróleo. Este sustento -ya que no puedo considerarlo como una comida- solo sabía a tierra. Muchos de mis compañeros en un principio no lo querían comer. Yo con mi amigo nos recordábamos lo que habíamos leído en la Biblia: que cuando  en el desierto llovía el maná, cada quién recibía  el sabor de la comida que deseaba. ¿Qué hacíamos entonces? Mientras comíamos ése desagradable alimento, recordábamos y decíamos uno al otro… "que sabrosas eran las comidas cando las comíamos antes de la guerra"… y así nos facilitó ingerir  la dichosa porquería, porque mentalizábamos el sabor tan delicioso de lo que con tanto agrado comíamos antaño.

Otro ejemplo es que desafortunadamente no nos libramos de sufrir plagas, de las cuáles el más temible eran los piojos. El pánico se apoderó de la mayoría de nosotros por dicha plaga. Usando tanto los jirones como todas las partes de nuestra ropa, los aplastábamos por cientos.









Pero hubo quién al despojarse de la ropa para sacudirse los piojos, se hacía acreedor de ser expulsado de la barraca, ser separado y de morir por arma de fuego nazi. Los optimistas y de buen humor ¿qué hacíamos entonces?: Hicimos alegres competencias y con la ropa puesta competíamos a quién podía matar –apachurrándolos a más piojos en X tiempo, en base a la cantidad de crujidos que escuchábamos. Con dicha práctica nos liberábamos de ser expulsados de la barraca. Este hecho nos causó otro beneficio, ya que cuando se pudo, nos entretuvimos un rato con la sana competencia y porqué no decirlo, también nos divertíamos un poco. Así nuevamente triunfó nuestra disposición de encontrar el lado bueno de nuestra desgracia.


Cuando fuimos nuevamente montados a los espantosos vagones de ferrocarril, la incertidumbre se apoderó de nosotros. Los compañeros en desgracia pensaron ¿Cuál sería nuestro destino?... ¿Qué nuevo infierno nos esperaba? Nuevamente uno elige cómo reaccionar ante cada situación, uno determina cómo la circunstancia afecta el estado de ánimo, ser pesimista u optimista. Cómo yo elegí este último, a  pesar de que el malestar y debilidad mermaban mi aliento, era mi habilidad mantener la esperanza de un futuro brillante. Cuando fuimos evacuados a otro campo de concentración, una vez más nos hacinaron en los tristemente célebres vagones de tren. Alcancé a notar que intercalados con los vagones de prisioneros, había vagones al descubierto con tanques, cañones y soldados alemanes. El ferrocarril se detuvo, en lo que después supe, eran las inmediaciones de Berlín.  De pronto en vuelo rasante, los aviones aliados dispararon sus ametralladoras de grueso calibre  contra el convoy. Las balas mataron a algunos de mis compañeros, pero también volaron los cerrojos de la puerta del vagón, ésta se abrió y sin dudar ni un instante, saltamos y corrimos hacia unos árboles para protegernos. Noté que corríamos para refugiarnos, mezclados con los soldados nazis y hasta el día de hoy me regocijo al pensar en el miedo y la angustia que ellos manifestaban en contraste con nuestra ecuanimidad y alegría. Al terminar el ataque, observé a mi alrededor y comprendí que no tenía ninguna alternativa para huir, así que me uní a todos los demás y regresamos al tren que mostraba un espectáculo dantesco compuesto por graves destrozos, fuego, humo y muertos. Mientras los soldados nazis se reorganizaban, tuve la oportunidad de apoderarme de alimentos destinados a los mismos soldados nazis. Por fin tuve alimentos,  díganme: ¿quién no se alegraría bajo estas circunstancias?

Esperando que el tren se pusiera nuevamente en marcha, no podía dejar de sentirme satisfecho, y repasando los acontecimientos, me di cuenta que eran tres los factores que me causaban ese sentimiento de dicha y satisfacción: en primer lugar, darme cuenta que la aviación aliada volaba y atacaba en el mero corazón de la Alemania nazi, sin ningún tipo de resistencia; eso no significaba otra cosa que los alemanes estaban por perder la guerra; en segundo lugar, me sentía muy bien de no haber sido alcanzado por ninguna bala, a pesar de que llovieron intensamente a mí alrededor; y en tercer lugar, porque había conseguido comida y podía satisfacer mi hambre. En aquellos momentos en que me daba perfecta cuenta que mi vida pendía de un frágil y delgado hilo, y que la podía perder en cualquier momento, el sentimiento de triunfo, de sobrevivencia, de regocijo, eclipsaba por completo al miedo, la angustia y la incertidumbre. Esto es otra muestra de cómo puede uno estar con alegría, aún bajo circunstancias tan peligrosas. No es simplemente ver las cosas como son,  sino creer firmemente que podemos estar mejor en otras circunstancias. Y realmente sucedió así, porque al llegar a Theresienstadt nos alojaron en una edificación amurallada, y en un salón inmenso nos hicieron tirar en el suelo donde nos obligaron a instalar. Esto fue mejor que las literas en las barracas, cuyas maderas estaban llenas de astillas que nos sacaron llagas vivas en nuestros cuerpos. Así nuevamente ganó la esperanza y no la fatalidad del pesimismo.

El humor para mi era como arma, como defensa ante una situación particularmente muy difícil. Puedo asegurar que en los campos de concentración existía el tema de humor y contábamos chistes. Los judíos también se caracterizan por el buen humor, pero entonces éramos la minoría de lo que en aquella época practicaban el buen humor. Todo indica que bajo el dominio de los nazis, reír y cantar era un tabú, sin embargo aunque muchos les repugnaba la idea de que alguien se riera teniendo tan cerca la humillación, el dolor y la muerte, había mucha gente como yo quiénes no abandonamos nuestra animosidad. Una mayoría separaba el horror de la animación.

El 8 de mayo de 1945 nos "liberaron" (entrecomillado), el ejército soviético. Después de la cuarentena, pude regresar a mi país. Supe de la casi total extinción de mi numerosa familia, y después de restablecerme de mis escasos treinta y tantos kilos de peso en un tiempo razonable, seguía siendo practicante del buen humor. Pensé que muchas veces la vida es muy dura, pero si uno puede aceptar las cosas, de lo que ya no tuvo o tiene remedio, debemos procurar el buen humor, inclusive reír de sí mismos; debemos lograr superar las penas, más no olvidarlas. ¿Quién no se va a poner feliz y de buen humor?... si el destino le dio una segunda oportunidad para vivir.

Ya, cuando regresé a mi patria, con la ocupación soviética de Hungría y con el establecimiento del régimen comunista, todo comenzó a declinar. A pesar de la férrea resistencia, el desmoronamiento político y moral bajo el yugo comunista, la falta de libertad y las atrocidades cometidas por los soviéticos, para mí ya era casi insoportable. Afortunadamente pude escapar de Hungría y emigrar a México, donde ya hace muchos años atrás, tenía parientes muy cercanos con numerosas familias. Claro que en la libertad con mayor énfasis me acompañó el buen humor. Me casé formando una linda familia, y delante de ellos durante 50 años, no hablé de mis tremendas experiencias ya que quise que mis hijos crecieran en un ambiente sano y alegre.



Como sobreviviente no me considero como víctima, y a pesar de que sabía que todo andaba mal, nunca lo acepté,
solo aprendí de ello.
Puedo asegurar que mi fervoroso entusiasmo y buena fortuna me ayudaron a sobrevivir la Segunda Guerra Mundial
y los campos de concentración.














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