Apuntes sobre el Judaísmo en Portugal PI - Intelecto Hebreo

Son las:
27/09/2017
Vaya al Contenido

Menu Principal:

Apuntes sobre el Judaísmo en Portugal PI

Colección y Consulta

Apuntes sobre el Judaísmo en Portugal
y los Cripto-Judíos portugueses en el siglo XX

(Primera parte)


Por: José Brito


Como bien sabrá el lector, la nación portuguesa comparte con España, geográficamente hablando,
no solamente la denominada Península Ibérica, en el extremo Sur del continente europeo, sino que, muy a menudo,
la historia de ambos países ha recorrido caminos paralelos.

La presencia de asentamientos judíos en Portugal data de antes de la proclamación de este país como nación soberana. Ya en el año 300 de la era común, el Concilio de Elvira prohibía a los cristianos de la Península Ibérica "el comer en compañía de judíos". Entre los judíos sefaraditas se ha mantenido la tradición de que los primeros judíos llegaron a la Península Ibérica en tiempos del imperio romano, exactamente después de la destrucción del II Templo, en el año 70 de la era común.
Después de la proclamación de Portugal como nación independiente, seguían existiendo juderías en las más importantes ciudades de este país, por ejemplo, Lisboa, Oporto, Santarém, etc.
Fue bajo la monarquía de Alfonso III cuando se fijaron las bases para que las comunidades judías portuguesas pudieran vivir como entidades jurídicas diferenciadas. La máxima autoridad representativa de las diferentes juderías esparcidas por el país, el -Arraby mor- , era nombrado por expresa designación real.

Dentro del estamento judío, el poder del "Arraby mor" era prácticamente ilimitado. Podía nombrar "dayanín" cuyas decisiones jurídicas sólo podían ser recurridas ante él mismo. Sin embargo, y como dato curioso, su inmenso poder se veía contrarrestado por el derecho que tenían los miembros de una determinada comunidad a elegir al rabino local que, paradójicamente, era pagado por la corona, requiriéndose, por tanto, la confirmación real.
Debido al particular estatuto legal que se les había conseguido dentro de la organización administrativa del estado, los judíos portugueses, especialmente a partir del siglo XV, prosperaron de tal forma que llegaron a jugar un papel preponderante en la economía del país, llegando incluso a hacer empréstitos al estado para poder continuar con su política expansionista , dentro de la cual el descubrimiento de nuevos territorios era de vital importancia . Hoy podemos decir, sin temor a equivocarnos, que un gran número de descubrimientos llevados a cabo por navíos portugueses fueron financiados por el oro hebreo.
La situación de independencia que disfrutaban las comunidades judías en un estado confesionalmente cristiano como era Portugal, pronto atrajo la ira y la envidia de los clérigos católicos que trataron de reducir al máximo los derechos civiles concedidos a los hebreos.
La situación social de las comunidades judeo-portuguesas a lo largo de casi dos siglos, desde 1279 hasta 1438, fluctuó de acuerdo a los gobernantes que en ese momento ostentaran el poder. Las crónicas de la época nos indican que hubo de todo, desde la restitución de una antigua ordenanza que obligaba a los judíos a llevar una señal distintiva de color amarillo, aunque en realidad, nunca se llevó a la práctica, hasta el culparles de ser los propagadores de una epidemia de peste negra desatada en el país hacia 1350, pasando, obviamente, por los acostumbrados "progromos" donde las juderías eran saqueadas y sus habitantes, si no escapaban antes, muertos.

A partir de 1438, durante el reinado de Alfonso V, la colectividad judeo-portuguesa volvió nuevamente a gozar del favor real, pudiendo así recuperarse tanto en número de miembros como en poder económico, no obstante, en las asambleas locales se seguía pidiendo que se tomaran medidas para frenar la prominencia política y económica de los judíos.
Es de todos bien conocido el hecho de que la expulsión de los judíos de España se produjo en el año 1492 y que una gran parte de los expulsos de dirigió a Portugal, donde, previo pago de 8 cruzados por persona (exceptuando los niños de teta), se les permitió residir per espacio de 8 meses.
No obstante, convendría aclarar que la cifra de 8 cruzados "por cabeza", sólo fue aplicada a aquellos expulsos menos favorecidos por la fortuna, las familias más pudientes o más poderosas , de acuerdo a un pacto suscrito personalmente entre el último "gaón" de Castilla , Isaac Aboab, y el rey de Portugal, tuvieron que pagar 100 ducados por persona. De acuerdo a los documentos de la época referentes a este asunto, se sabe que entraron "seiscientas casas ricas" que, por otra parte, constituían la aristocracia judía asentada en Sefarad.
Como se ha planteado anteriormente, Portugal se hallaba en esos momentos inmerso en aventuras transmarinas y gestas de conquista y la entrada de ese contingente humano -cerca de 120.000 personas en un país escasamente poblado- no solamente significaba mano de obra cualificada (orfebres, astrónomos, matemáticos, etc.) sino también un formidable respiro para la cansada, o mejor dicho exhausta , tesorería real. Sin lugar a dudas, los expulsos españoles que optaron por dirigirse a Portugal llegaron no solamente en el momento idóneo sino también, en cierto modo, al lugar indicado.
Todo lo anteriormente relatado ocurría durante el reinado de Juan II. A su muerte le sucedió su primo Manuel I, con un carácter más complejo y maquiavélico que su pariente y antecesor en el "cargo". El punto culminante de su gestión al frente del reino la llevó a cabo al solicitar de los Reyes Católicos la mano de la primogénita de estos últimos, la princesa Isabel. Su solicitud fue aceptada pero con una condición: tendría que expulsar a los judíos de su reino. Manuel estuvo de acuerdo y el 5 de diciembre de 1496 decretó la expulsión. En un arranque de "generosidad", le daba a "sus" judíos diez meses de plazo para que abandonaran el país.

.

Sin embargo, el decreto de expulsión no fue bien recibido entre los consejeros más influyentes del rey quienes consideraban que no había razón para imitar la política de sus vecinos, aunque fueran tan poderosos. De todas maneras, hasta el Papa toleraba a los judíos en sus estados, por no hablar de varios príncipes europeos que también les admitían dentro de sus fronteras sacando, por cierto, un muy buen provecho económico de ellos. Las opiniones se dividían entre los partidarios de la expulsión y los que abogaban por que se quedaran. Inesperadamente, surgió un tercer punto de vista: ¿porqué no dejar que permanecieran en el país?  pero no como tales, sino como cristianos.
Desde el punto de vista de la tan traída y llevada "razón de estado", este último planteamiento era el más coherente aunque el menos moral de los tres. Portugal no podía permitir la salida de unas 150.000 personas entre judíos autóctonos y españoles de sus fronteras, porque su densidad de población era ínfima: apenas un millón y medio de habitantes. Además, existía el problema del repoblamiento de sus colonias en el África Ecuatorial.
Fue precisamente el problema de buscar nuevos pobladores para sus colonias africanas lo que dio lugar a uno de los episodios más lúgubres y vergonzosos de la historia de Portugal:
Reinando Juan II, el gobierno decidió secuestrar a unos 700 judíos -entre niños y jóvenes- que fueron trasladados a la fuerza al archipiélago de Sao Tomé (Saint Thomas), conocido también con el nombre de "Islas Perdidas" o "Islas de los Lagartos", en un absurdo intento de poblar tan salvaje territorio. En su inmensa mayoría, estos desdichados fueron diezmados por el hambre o devorados por las fieras salvajes.

.

Pero sigamos con la "razón de estado". El pensamiento del rey Manuel al contraer nupcias con la hija de sus "Católicas Majestades" no era otro que, en un futuro, poner toda la Península Ibérica, es decir, España y Portugal, bajo una sola monarquía.
Es interesante notar que el decreto de expulsión firmado por el rey Manuel de Portugal incluía no solo a los judíos: los moros también tendrían que marcharse. Sin embargo, a estos últimos nunca se les aplicó tal decreto. El motivo era simple y de nuevo está presente la celebérrima "razón de estado": si se expulsaba a los moros de Portugal, los cristianos que habitaban en tierras del Islam sufrirían -posiblemente- represalias, en tanto que los judíos, al no tener nacionalidad jurídica reconocida ni país propio que los amparase, no eran de temer.
No obstante todo lo anterior, el rey Manuel no estaba dispuesto a dejar marchar a esa minoría de entre sus súbditos que, aunque proscrita y mal vista por el resto de la población portuguesa, económicamente era muy poderosa y entre sus miembros se encontraban los mejores artesanos del país.
Por este motivo, escogió la tercera opción antes apuntada: los convertiría a todos en cristianos.
Al principio intentó persuadirles empleando la tortura pero el éxito fue más bien escaso (el rabino-jefe de la comunidad de Lisboa, Simón Maimi, fue torturado hasta morir por su tenaz resistencia a convertirse).
Un segundo paso fue el separar, como también lo hiciera su primo Juan II, a todos los menores judíos de sus padres y forzarlos a ser bautizados, en una clara advertencia a sus progenitores para que no huyeran del país.
Al final, su mente enfermiza urdió un plan: prometiéndoles un embarque rápido, los congregó a todos en el puerto de Lisboa, donde en vez de procurarles navíos para su traslado, se les bautizó por la fuerza. En un intento de paliar la barbaridad cometida, les concedió igualdad de derechos civiles con el resto de la población portuguesa.




Después de este acto de fuerza cometido en su contra, tanto los judíos autóctonos portugueses como sus homólogos españoles expulsados y residentes en Portugal, se dieron cuenta de que jamás podrían tener en ese país, ya que no una existencia placentera, al menos tranquila. De forma subrepticia y amparados en su nueva clase social, denominada ahora "cristaos novos", es decir, cristianos nuevos, a la menor oportunidad que tenían para salir del país por motivos de negocios no regresaban y volvían, a las comunidades judías foráneas que los acogían, abiertamente al credo mosaico.
Desgraciadamente para ellos, el rey Manuel se dio pronto cuenta de la maniobra y el 22 de abril de 1499 suspendió el derecho de los "cristianos nuevos" a emigrar.
A pesar de que a esta nueva clase social que surgió después del bautizo masivo en los muelles de Lisboa se le denominó, como hemos visto, "cristaos novos", la mayoría de la población portuguesa siguió denominándoles con el apelativo de judíos.
El consiguiente agravamiento de la situación para este sector de la población así como el creciente rechazo social por parte de los "cristianos viejos" que no terminaban de creerse la completa identificación de esta nueva clase con su nueva fe -el catolicismo-, hizo que los "cristianos nuevos" se volviesen con renovadas energías a su fe ancestral, dando paso con ello a una de las manifestaciones más extrañas y ambivalentes, en lo que concierne a materia de fe, que la historia haya contemplado. Me estoy refiriendo al cripto-judaísmo o marranismo: Los "cristaos novos", de cara a la galería, se comportaban como perfectos cristianos, asistían a la iglesia y tomaban parte en obras de caridad de marcado acento católico.
Sin embargo, en su fuero interno y en la intimidad de sus casas, seguían siendo judíos y se esforzaban en el cumplimiento de todas aquellas mitzvot que no supusieran un riesgo inmediato para sus vidas o las de sus familias. En muchas ocasiones, aquellas que, en efecto, significaban un alto riesgo, también se cumplían pero disfrazándolas convenientemente.

Continuará...



Regreso al contenido | Regreso al menu principal