Arturo Toscanini - Intelecto Hebreo

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27/09/2017
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Arturo Toscanini

Colección y Consulta

Arturo Toscanini
Maestro indiscutible de todos los Directores de Orquesta de todos los tiempos


Hombres que cambiaron nuestro mundo

Por: Albert Djemal

Pocos años antes de morir y mientras sus músicos comenzaban a mostrar señales de agotamiento y fatiga después de cinco horas de repetición incesante, Toscanini les lanzó en medio de su célebre cólera, estas palabras que tan bien definen su carácter siempre joven: "¡Pero qué vergüenza, señores! Tocan ustedes como los viejos..." Sus músicos tenían un promedio de cuarenta y seis años de edad. Y él... ochenta y siete.
Hace algunos años, en una reunión de íntimos en casa de Toscanini, los invitados jóvenes se aprestaban a partir. Pero el maestro, con más de ochenta años, los detuvo murmurando: "Quédense un rato más. Pronto se irán los viejos y entonces nos divertiremos."
Pero el gigante se doblegó bajo el peso de los años, no obstante su enorme vitalidad, decidió a los ochenta y ocho años retirarse, buscando refugio en Italia, su tierra natal.
Nacido en Parma el 25 de marzo de 1867, Arturo Toscanini se sintió atraído desde muy temprana edad hacia la música grande, que bien pronto habría de llenar su vida entera. A los dieciocho años recibió su diploma de violoncelista y compositor, y un año después atrajo sobre sí la atención del mundo musical, remplazando al instante, en Río de Janeiro, al director de orquesta que había caído enfermo. Tal fue el principio de una carrera triunfal, que habría de conducirlo a todos los rincones del mundo y que a la larga lo convertiría en el maestro indiscutible de todos los directores de orquesta de todos los tiempos.
A los treinta y un años, tomó la dirección de la Scala de Milán, que conservó hasta 1908, año en que embarcó para Estados Unidos como director de la Metropolitan Opera House de Nueva York.
Franco de carácter y firme de voluntad, nada impidió jamás a Toscanini expresar su pensamiento sincero, aún en presencia de un príncipe o soberano. Se cuenta que una vez en Viena, después de un concierto triunfal, el rey Fernando de Bulgaria lo invitó a su palco para felicitarlo. El maestro rehusó. Pero el rey insistió, creyendo que el artista no había comprendido su nombre. Pero Toscanini respondió: "Ni siquiera por un Rey hago excepción a la regla que yo mismo me he impuesto". Y el rey se inclinó.
Como todos los directores de orquesta que dirigen sin partitura, Toscanini poseía una memoria sorprendente. En Milán, una vez un joven compositor le presentó una de sus obras, pidiéndole consejo. Al maestro no le gustó la pieza y se la devolvió a su autor sin ningún comentario. Quince años más tarde, el joven compositor se encontró con Toscanini en Nueva York y le reprochó amablemente la devolución de aquella obra "sin dignarse siquiera echarle una mirada". El maestro, sonriente, le contestó: "¿Cómo se atreve a decir que no dirigí una mirada a su obra... se sentó inmediatamente al piano para tocar de memoria la pieza en cuestión, mostrando a su autor quince años después, los defectos y las debilidades de su obra.
Una vez, mientras se hablaba frente a él de la Orquesta Sinfónica de Boston que él dirigía, empezó a citar los nombres de todos los directores, sin omitir uno solo, que desde 1880 habían figurado al frente de la famosa organización.
Sus triunfos y sus éxitos no lo envanecieron jamás. En 1930, después de un éxito muy personal que obtuvo ejecutando la música de Beethoven, al frente de la Orquesta Filarmónica de Nueva York, la dirección le envió un cheque suplementario. Toscanini lo devolvió, declarando: "que él se había limitado a cumplir con su deber"; terminó su carta con una frase, que permanecerá como ejemplo de modestia de los grandes hombres: "Yo no soy un genio, yo no he creado nada; Yo sólo interpreto la música de otros".
Pero a pesar de sus célebres cóleras y de sus maneras siempre rudas, Toscanini amaba las bromas y solía divertirse a costa de sus amigos y rivales.
Una vez en Milán, el comité constituido para celebrar el aniversario de la muerte de Giuseppe Verdi, dirigió invitaciones a todos los grandes directores de orquesta italianos y entre ellos a Toscanini y a Mascagni, autor de la famosa "Cavallería Rusticana". Mascagni, envidioso de Toscanini por su fama y sus triunfos, manifestó al comité organizador que aceptaba la invitación, pero a condición de ganar una gratificación superior a Toscanini, aunque fuera sólo una lira más. Después de consultar a Toscanini, el comité accedió. Terminado el concierto, Mascagni recibió una carta conteniendo un cheque por solamente una lira. Toscanini aceptó a participar gratuitamente.
Pese al horror que siempre tuvo Toscanini para posar ante pintores y escultores, existe un busto suyo en el Metropolitan Opera House de Nueva York. Y la historia de tal busto es digna de contarse, ya que se realizó a espaldas del maestro. Es obra del escultor Benne Elkan, refugiado alemán que dedicó quince años a esculpirlo oculto tras la orquesta, mientras Toscanini dirigía sus conciertos. Elkan pudo contemplar así al gran director en sus varios aspectos, particularmente en el curso de sus espantosas crisis de cólera, durante las cuales rompía sus batutas y con frecuencia los instrumentos de sus músicos.
Toscanini siempre pensó que el arte no tiene fronteras, y fue capaz, cuando de arte se trataba, de mantenerse al margen de las luchas humanas. Durante la primera Guerra Mundial la música alemana fue boicoteada en Italia, por una campaña que encabezaba un periódico. Toscanini fue en busca del director del periódico, y tras reprocharle violentamente su ignorancia, se retiró con la mayor tranquilidad.
El director del periódico no era otro que Benito Mussolini, socialista en aquel entonces y cuya ascensión al poder causó no pocas molestias a Toscanini. Siempre valiente, el gran maestro rehusó colocar en la Scala el retrato del Duce y de ejecutar "Giovinezza", (el himno fascista), declarando en público: "La Scala no es un ventorrillo ni sitio de propaganda política. Tocad "Giovinezza" cuando queráis en la plaza frente al teatro, pero jamás la ejecutaréis dentro, mientras yo sea director".
Rehusó igualmente la invitación de Hitler para participar en la conmemoración de la muerte de Wagner; respondiendo al Führer que: "mientras millares de mis correligionarios mueren diariamente en los campos de concentración, me será doloroso, pese a mi admiración por Wagner y mi amor por su música, poner mis pies en Alemania).
Toscanini se refería con gusto al echo de que él sólo había llorado tres veces en su vida: Cuando Mussolini atacó a Francia, "apuñalándola por la espalda", como él mismo decía; cuando recibió la carta personal de Franklin D. Roosevelt, saludándolo y agradeciéndole su influencia en la música norteamericana, y cuando poco después de la liberación de Italia, abandonó América para volver a su país natal.
Toscanini ha ejercido sobre sus artistas un efecto extraordinario y su profundo conocimiento de la música clásica. A la música le ha dado interpretaciones de gran lucidez y una vida incomparable. Se cuenta que la célebre cantante Herva Nelli, que grabó en discos la Desdémona del "Otelo", al escucharse dos años después no pudo reconocerse, por lo que exclamó entonces: "¿Cómo he podido cantar de ese modo?... ¿No me habrá hipnotizado ese demonio de Toscanini?..."
He aquí al genio que a los ochenta y nueve años, al oírle decir a una dama de su misma edad: "Dios nos ha olvidado", le respondió, simulando temor: -¡Calle usted, señora! Que puede oírnos.

Pero Dios no olvida a nadie y Toscanini murió en 1957. Tenía noventa años de edad.


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