El malogrado Napoleón - Intelecto Hebreo

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27/09/2017
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El malogrado Napoleón

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El malogrado Napoleón

Por: Jacobo Contente

Por mucho tiempo y en varias series, he tratado la vida del polémico Gran Corso que tuvo geniales aciertos, pero también grandes errores como la mayor parte de los seres humanos que llegan a niveles de poder incalculables. Considero que entre los mayores logros, incluso adelantado a su tiempo, fue la parte legislativa de su mandato que consideró y puso en práctica, la igualdad y libertades de los seres o grupos humanos (Código Civil Napoleónico), entre ellos beneficiando al pueblo judío, que en Europa -como en otras latitudes- por cientos de años no habían disfrutado.

 De sobra sabemos que a la muerte de Napoleón I, el paso del poder hacia una segunda República (y casi de inmediato al segundo Imperio, por parte de otro Bonaparte), se dio en su sobrino Carlos Luis, quien duró 17 años en el poder; hijo de su hermano Luis y su esposa Hortensia Beauharnais (hija del primer matrimonio de la célebre Josefina, quien fuera también esposa de Napoleón I). Pero entre el primer Bonaparte y su sobrino Luis, existió un heredero directo, que pudo haber sido Napoleón II; un malogrado personaje que se convirtió (a la muerte de su padre) con tan solo 4 años de edad, en una amenaza para la Europa del antiguo régimen y una esperanza para los admiradores bonapartistas.

 
Al buscar Napoleón un heredero para su trono, y no obstante ser el amor de su vida Josefina Beauharnais, quien no le podía dar descendencia; calculó el inconveniente de que el único hijo que tenía (fuera de matrimonio) con la condesa polaca María Walewska de nombre Alejandro y con el mismo apellido de su madre, no podía estar vinculado a una casa real de importancia; por ello el doloroso divorcio con Josefina, y casamiento con la archiduquesa María Luisa, hija del emperador de Austria quien contaba con apenas 18 años de edad. Con ello, supuestamente podría -a su tiempo- legitimar ante la realeza europea su descendencia, y serviría además, para consolidar la paz con el Imperio austriaco tras la batalla de Wagram.

 Cosas de la vida y acomodos por el afán hacia mayores poderes, que generalmente suenan absurdas, pues en éste caso la joven consorte era sobrina directa de la tristemente reina María Antonieta, quien fuera guillotinada en la pasada revolución. No obstante la animadversión que esto causaba en el pueblo y entre muchos de los cercanos colaboradores del Emperador, Napoleón llevó sus planes a la práctica, resultando un legítimo y conveniente heredero a quien llamaron Napoleón Francisco José Carlos, para honrar respectivamente a padre, abuelo materno, tío paterno y abuelo paterno.

 El Emperador también tejió un plan de educación estricto para su nuevo hijo, donde la madre y su influencia austriaca, no serían tomadas en cuenta. De ahí que en muchas cartas de María Luisa a su bisabuela y emperatriz María Teresa, comentaba: "A veces creo que me han robado a mi pequeño". Sin embargo esta
estrategia de Napoleón hacia un legítimo y respetado nuevo Emperador, no duró mucho tiempo, pues para mayo de 1812, Napoleón inicia la campaña de Rusia que dio el principio del fin del primer Imperio y la separación física definitiva entre padre e hijo.

 Después de la derrota francesa en Leipzig, Napoleón fue depuesto por el Senado abdicando a favor de su hijo, quien sería fugazmente Napoleón II ya que 8 días después de haberse firmado el Tratado de Fontainebleau entre Napoleón y los representantes de las tres monarquías de la "Santa Alianza" (Austria, Rusia y Prusia), Bonaparte renunciaba a la soberanía de sus dominios, tanto para sí como para su familia, concediéndole únicamente a María Luisa los ducados italianos de Parma, Piacenza y Guastalla, que en el futuro debería heredar su hijo Napoleón Francisco Bonaparte. A la semana siguiente de la firma del Tratado, Napoleón I partía hacia la isla de Elba; pero no obstante haber perpetrado con éxito su fuga y vuelto a Francia, nunca volvió a ver a su hijo.

 No obstante el ideal del padre porque su hijo se mantuviera totalmente francés, escribió una carta a su suegro solicitando ayuda y amparo a María Luisa y su pequeño; Francisco I no negó la ayuda solicitada, por lo que madre e hijo partieron a la corte de Viena, donde muy a pesar del padre, Napoleón II se transformó en archiduque vienés con el nombre de Franz duque de Reichstadt. A la madre se le concedió mañosamente (a título vitalicio) la administración de los ducados italianos, como en parte lo marcaba el tratado firmado, por lo que cualquier vestigio a futuro de un gobierno a manos de un Bonaparte, quedó anulado con el consentimiento de su propia madre, quien nunca podría cedérselos en herencia, no obstante que al joven se le denominara con el título de "Su Alteza Serenísima, Príncipe de Parma".

 
La antes emperatriz de los franceses continuó en Parma hasta su muerte en 1847, ejerciendo un buen gobierno. Su hijo el ahora duque de Reichstadt creció prácticamente huérfano de padre y con una madre que solo contactaba por medio de cartas; lo único que compensaba su soledad fue la especial predilección de su abuelo materno, quien creía ver en aquel niño rubio, pálido y delicado una reproducción de su querida hija, pues físicamente, nada recordaba a Napoleón. En lo político, aunque su padre había proclamado: "Mi vida política se acaba, y nombro a mi hijo, bajo el título de Napoleón II, emperador de los franceses", resultaba falaz por la enorme oposición de las cortes europeas hacia cualquier brote napoleónico, encargándole al canciller Meternich el control del joven, que prácticamente era un prisionero en la corte de su abuelo.

 En contraparte por su significado para muchos bonapartistas, el joven pasaba a ser un símbolo de las libertades secuestradas por el absolutismo. Esto constituyó una especie de leyenda para muchos franceses, incluso después de la prematura muerte del heredero de Bonaparte, ocurrida a la edad de 19 años víctima de tuberculosis; enfermedad que para muchos (al igual que la muerte de su padre en la lejana Santa Elena), se atribuyó a envenenamiento sistemático con bajas cantidades de arsénico.
 
Pero la esperanza y leyenda de muchos franceses no paró en las causas de la desaparición, sino que incluyó otro posible heredero directo de la dinastía napoleónica, ya que se afirma que Napoleón Francisco sostuvo amoríos y relaciones con su prima Sofía de Baviera (madre del futuro emperador Francisco José y de Maximiliano, el que a la postre fuera emperador de México). La prima de edad similar a la de él, se había casado con Francisco Carlos, con el que siempre tenía disparidades y nunca logró una buena relación, debido en gran parte al carácter bastante dominante de ella, a quien apodaron como "el hombre fuerte de la corte". El hijo de Napoleón y ella, tuvieron un territorio común en la corte de Schonbrunn y tal vez fue la fortaleza de la prima lo que lo sedujo, existiendo una notoria complicidad entre los dos que despertó toda clase de rumores. De ahí que se sospecha que el segundo hijo de Sofía, Maximiliano nacido en 1832, fuera en realidad hijo de Napoleón II. Por otro lado ella siempre sintió una especial predilección por Maximiliano, por lo que a su muerte ante un pelotón de fusilamiento en la ciudad de Querétaro, México, nunca pudo recuperarse de su trágica muerte.

 Aunque su custodio, el canciller Metternich, con pruebas médicas demostró que eran falsas las sospechas del atribuido envenenamiento, en parte fue culpable de que el joven tuviera un final, que según dicen, pudo haberse prolongado por algunos años ya que su madre, sabiendo de su frágil salud, pidió al canciller le permitiera viajar a Italia convencida de la benignidad de sus climas; algo que por temor nunca concedió ya que siempre tuvo presente lo que Napoleón Bonaparte dijo antes de morir: "Mi hijo debe pensar en vengar mi muerte en el destierro, pero debe también sacar partido de ella. Que no lo abandone jamás el recuerdo de mi labor. Que sea como yo, francés de pies a cabeza. Que dirija sus esfuerzos a reinar. Que haga crecer todo lo que yo he sembrado".

 
Esas grandes guerras políticas por el poder entre monárquicos y republicanos, tuvieron todos los efectos negativos en la corta vida de un joven que murió el 22 de julio de 1832 en el Palacio de Schonbrunn (Viena), pero la representación de su figura como el hijo del Águila Imperial, mantuvo vivo el interés de muchos autores y literatos a quienes fascinó el halo romántico y el misterio que lo rodeaban. Edmond de Rostand en 1900 escribió un drama titulado "L´Aiglon" (el aguilucho), obra que se mantuvo por mucho tiempo en los escenarios, pues revivía el recuerdo de una figura frágil pero importante, sobre todo para aquellos que quisieron regenerar en su persona el mito del Gran Bonaparte y su época.

Como dato -algo más que curioso- que además confirma la importancia de ése halo y sus leyendas en pleno S.XX, resulta que el 15 de diciembre de 1940, en una Francia ocupada por los alemanes, un armón militar alemán -con todos los honores- trasladó al complejo militar de los Inválidos el féretro del que un día fuera el efímero emperador de los franceses. Hitler, con el fin de reparar un supuesto agravio histórico, y deseando congraciarse con la población, había ordenado el traslado de los restos de la cripta de Viena a París, "para que por fin descansara al lado de su padre". En éste caso y de quien viene, la iniciativa resulta totalmente absurda, como muchas otras que deben sumarse a los registros históricos de tantos seres cegados por el deseo de un poder absoluto.




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