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27/09/2017
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2° Lustro Rev. Foro

El síntoma de autoestima deficiente y como lo heredó Israel


Por: May Samra de Achar 1/2012

Los judíos de Medio Oriente lo tienen muy desarrollado; los de los Estados Unidos, lo tienen atrofiado;
los de la ex Unión Soviética, acaban de descubrir que lo tienen y los de Israel, creen que carecen de él,
pero está enterrado en su subconsciente.

¿Qué es el síntoma judío de autoestima deficiente?

Siendo judía oriunda de un país árabe, me siento bastante familiarizada con el tema, de la misma forma que mis correligionarios de la Diáspora quienes, durante 2000 años imprimieron las huellas de sus pasos a lo largo y ancho de los caminos del mundo.
Este síntoma o síndrome, resulta del hecho de haber vivido como ciudadano de segunda, al margen de cualquier sociedad que aceptó recibirnos; rechazándonos y dejándonos a merced de los caprichos y conveniencias de dirigentes y gobiernos.


Hemos sido parias que a menudo, tuvimos que esconder los símbolos de nuestra fe y cualquier muestra de pertenencia a una religión minoritaria, que por el mismo hecho de esconderla, representaba para nosotros una importancia extraordinaria. Tuvimos el derecho de sobrevivir en "territorio ajeno" y el deber de pasar desapercibidos, de seguir la corriente predominante sin causar olas.
Nuestro "pueblo elegido" tuvo relaciones complejas con la autoridad: un judío no exigía sus derechos, sino que pedía o pagaba favores. Conozco a una señora quien a los 15 años de haber salido del ghetto de un país árabe, no podía explicarse por qué, aunque ya vivía en un lugar democrático y amigable, se desvivía en disculpas cada vez que la detenía un agente de tránsito, antes de saber lo que le estaba reprochando.
El "trastorno judío" está presente en muchos de los chistes étnicos que expresamos a menudo, los sentimientos que no nos permitimos exteriorizar. Estos chistes son mucho más profundos de lo que se pueda creer: el judío, contrariamente a integrantes de otras etnias, se ríe seguido de sí mismo; pero su risa tiene matices amargos.


Uno de mis chistes favoritos relatado por Alan Dershovitz en su libro "Chutzpah", describe a dos judíos rusos que son sentenciados a muerte por el zar. Ante el pelotón de ejecución listo para cumplir la sentencia, se les ofrece una venda para que se tapen los ojos. El primer condenado, con valor rechaza la venda, entonces el segundo se voltea hacia él y le ruega: -Por favor tómala ¡No causes más problemas!
A veces aceptamos el veredicto de los demás y llegamos a convencernos de que valemos menos. Esto se manifiesta en este otro chiste, en el que un judío le confiesa a otro: -Nunca aceptaría entrar a un club que se pretende selectivo y sin embargo, me admite como miembro.
¿Y qué decir del complejo de culpabilidad que afecta a los portadores del síntoma? El judío de la Diáspora a menudo ha tenido que pagar por cualquier "accidente" sucedido a su alrededor, desde crisis económica, cambios de gobierno, desastres naturales, etc... Hemos sido chivos expiatorios durante siglos y llegamos a temer los cambios y a sentirnos a veces, responsables de ellos. Por otra parte nunca ha faltado alguien que impute a los judíos la causa de todos los males.


Por desgracia el "síndrome judío" no nace solamente de sentimientos: recuerdo la terrible sensación de injusticia e impotencia que experimentamos, mi familia y yo, cuando en 1975, en plena guerra civil que azotaba al Líbano, nos encontramos atrapados en nuestra propia casa, mientras que alrededor sonaban los gritos de: "Muerte a los judíos" (relato esta experiencia en 'D-os aún existe', también publicado en Foro). Recuerdo la cara de desesperación y angustia de mis padres y hermanos mientras esperábamos nuestro destino.
Como miembros de una minoría reprimida, nuestra vida no valía nada; recuerdo haber pensado que a un judío, lo único que le queda finalmente es rezar. Afortunadamente, D-os escuchó mis plegarias y nos salvó.
La segunda vez en la que pude sentir la impotencia y la desesperación, fue a través de la televisión, en los hogares de los israelíes, quienes bajo las plácidas miradas del mundo entero, no tuvieron más remedio que sentarse a rezar mientras los Scuds de un gobernador loco caían sobre ellos. Recuerdo haber llorado, no por las máscaras de gas y la voz entrecortada de la gente, sino porque de súbito, me había dado cuenta que a pesar de su fuerza y de su preparación, Israel también es "EL JUDIO ENTRE LAS NACIONES".
Israel desde su nacimiento, siempre ha tenido que pedir disculpas por el simple hecho de "ser"; por haber hecho una exitosa nación de un pedazo de tierra árida, que antes no le interesaba a nadie y que de pronto, pasó a ser el foco de atención mundial. Por haber sido fundado por sobrevivientes de los campos de exterminio que se transformaron en granjeros eméritos y en soldados que lograron vencer a las fuerzas unidas de varios estados árabes, Israel tuvo que justificar su existencia, demostrando con 6 millones de muertos, que necesitaba de un lugar propio para sobrevivir.
Parece que nunca dejaremos de pedir perdón y de rogar al mundo que nos quiera, que nos acepte como parte suya: efecto de este trastorno es el que Israel tiene que explicar sus acciones ante una opinión mundial acusadora, que lo mide con una vara mucho más alta que la que usa en casa. Existe además un doble estándar de moralidad: El que se usa para juzgar a Israel y el que se usa para el resto de la humanidad. Si no fuera así ¿cómo explicar que de 1980 a 1990, un 30% de todas las acusaciones de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU, se hayan registrado contra el Estado judío? En este mismo período ni una voz se alzó en contra de Irak, que cometió terribles crímenes, entre ellos, el uso de gases venenosos contra los iraníes y contra sus propios civiles kurdos. Y ¿qué decir de la matanza de Hama, perpetrada por el gobierno de Haffez El Assad, en la que más de 8000 personas fueron asesinadas?
Thomas Friedman, polémico autor de "De Beirut a Jerusalem", parece poder explicar por qué este síndrome es hereditario de pueblo a nación: "Lo que el occidente esperaba de los judíos en el pasado, lo sigue esperando de Israel hoy en día". Explica que Israel heredó los dos papeles del judío ante los ojos del Mundo Occidental; la vara de la moralidad y el símbolo de la esperanza.
La vara de la moralidad se refiere a la introducción por los judíos de los Diez Mandamientos; del concepto de un código de justicia moral y universal de origen divino, este formó la base de lo que hoy se conoce como moralidad y ética judeo-cristiana. El símbolo de la esperanza lo representan los judíos por haber proclamado que la historia es un proceso de desarrollo moral, en el cual los hombres pueden, si siguen las leyes divinas, mejorarse en este mundo y provocar 1a llegada del reino mesiánico de paz absoluta y armonía. Debido a estos dos papeles, la conducta de Israel tiene gran impacto sobre la forma en que la humanidad se ve a ella misma.
Yehuda A'ari, reportero de la televisión israelí, dijo en alguna ocasión: "Si Damasco peca, es malo para los sirios o el mundo árabe; si Jerusalén peca, eso significa que estamos condenados a vivir en un mundo irredimible".
Ni el mismo Abba Eban se siente exento de culpa y justifica las críticas achacándoselas al mismo Estado de Israel cuando dice: "El mundo solamente nos está juzgando con el estándar que hemos establecido. Nosotros escogimos enfatizar que Israel representaba la antigua moralidad judía".
¿Seguirá el signo judío contaminando el subconsciente de nuestro pueblo? O como ha sucedido en algunos casos ¿sufrirá mutaciones que lo transformarán en el padecimiento contrario, en "síntoma de autoestima exagerada"?

El tiempo y nosotros mismos daremos la pauta ¿No cree usted?






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