Guerreros del Japón - Intelecto Hebreo

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04/07/2018
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Guerreros del Japón

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Guerreros del Japón


Por: Magdala  

Los samurais son tan conocidos por los modernos aficionados al cine como los caballeros medievales, pero ¿quiénes eran esos orgullosos guerreros que forjaron el carácter de una nación?
Los clanes locales, ligados por lealtades ancestrales, fueron una característica de la sociedad japonesa durante muchos siglos. Desde el año 300 de nuestra era, la nación estaba unida bajo un solo emperador, pero su autoridad era precaria y los miembros de los clanes monopolizaban todos los puestos de mando.
Bajo la familia Fujiwara, los aristócratas japoneses emigraron a las ciudades y a la corte imperial de Kyoto, lo que ocasionó el vacío de poder en las provincias que fue ocupado por nuevos y ambiciosos jefes de clan, que como los nobles de la Europa feudal mantenían ejércitos propios. Sus combatientes eran llamados "bushi" o (con un término posterior de origen chino) "samurai" que significa "el que sirve".
Los samurais actuaron, según una frase famosa, como "los dientes y garras de los Fujiwara", y poco a poco fueron abriéndose paso hacia los centros del poder, hasta que en 1156 una de las principales familias de samurais aprovechó las disputas en el seno de la familia imperial para suplantar a los Fujiwara, y en adelante, durante 700 años, la vida japonesa estuvo totalmente dominada por la clase guerrera.
Todo verdadero samurai, del caballero ilustre al simple lancero, estaba unido por un juramento a un señor, y éstos a su vez juraban lealtad al emperador cuyo título y estirpe divina seguían reverenciándose, aun cuando viviese encerrado en su corte e inerme. El ideal absoluto era la obediencia, por lo que a ningún samurai se le permitía discutir, ni siquiera detenerse a considerar una orden.
Los guerreros jóvenes sufrían pruebas sumamente arduas para endurecerlos y sobre todo, se les educaba en la convicción de que sus vidas pertenecían a su señor, quien podía disponer de ellas a su antojo.
El término harakiri significa "corte del abdomen" y esta forma de suicidio era privilegio exclusivo de la clase militar (las mujeres podían cortarse el cuello y los comerciantes ingerir veneno). El abdomen se consideraba el verdadero centro del ser del hombre y su mutilación se verificaba siguiendo un complicado ceremonial. El corte tenía que practicarse horizontalmente de izquierda a derecha, y un segundo tajo del cuchillo, hacia arriba, debía terminar el trabajo. Como la muerte no era rápida ni segura, a veces hacía falta un ayudante que lo decapitase.
Se recurría al harakiri por vergüenza, devoción o como protesta; en el campo de batalla era un modo de evitar ser capturado, pues para un samurai era preferible la muerte a la desgracia de rendirse, pues el que caía prisionero quedaba deshonrado para siempre.
Ingobernables y arrogantes, los samurais constituían un problema, especialmente en tiempos de paz prolongados. Eran una clase que no producía nada y desdeñaba el comercio. Era señal de buena crianza en un guerrero no distinguir los valores de las diferentes monedas en circulación y si un comerciante desconfiaba de las que le daba un samurai, a éste le resultaba lícito darle muerte de un tajo. Nadie podía intervenir. A veces un plebeyo inocente podía perder la cabeza simplemente como parte del "entrenamiento para matar" del samurai.
Sin embargo en el código samurai no todo era violencia pues la vida del guerrero se consideraba como una progresión moral. De hecho llegaron a estar muy influidos por el budismo zen, que enseñaba el respeto a todos los seres vivientes y estos mismos guerreros popularizaron la ceremonia japonesa del té, sosegado rito destinado a estimular el amor a las cosas sencillas.
Por el año 1600 la clase de los samurais constituía aproximadamente un seis por ciento de la población y había cambiado mucho. Ya no bastaba el valor para los altos puestos del mando, pues la clase militar se había tornado rígida y jerárquica. El lujo y la corrupción habían menoscabado también la tradición marcial. Sin embargo las grandes familias de samurais siguieron dominando la vida nacional hasta el reinado del emperador Meiji (1867-1912) quien fue un gran reformador que restauró la autoridad del trono imperial y transformó al Japón en una potencia internacional con la que había que contar.
La tradición samurai perduró en la vida militar y cultural. Durante la Segunda Guerra Mundial los oficiales japoneses se infligían el harakiri antes que sufrir la vergüenza de rendirse y los pilotos kamikaze iban de buena gana a la muerte por servir a su emperador.
En 1974 Hiroo Onoda, teniente del ejército imperial, surgió a los 52 años de edad, de las selvas de una isla filipina y rindió al fin su espada, 29 años después de terminada la contienda. Había sido destinado a la isla en 1944 y, al no haber recibido orden directa de rendirse, continuó la lucha, sobreviviendo en escondrijos de la jungla. Los destacamentos enviados a rescatarlo eran recibidos a tiros desde lugares ocultos. Onoda sólo se rindió cuando su antiguo jefe voló hasta la isla para rescindir su orden de seguir luchando. La larga prueba del teniente no había sido inspirada por el miedo ni por la excentricidad, sino por el espíritu samurai, que le exigió lealtad absoluta a sus superiores durante todo aquel tiempo.
El novelista de fama internacional Yukio Mishima se hizo públicamente el harakiri el 25 de noviembre de 1970, como protesta por lo que consideraba la decadencia de la sociedad japonesa. Este suicidio ritual horrorizó al mundo y dejó estupefacto al Japón, pues no sólo había perdido el país a uno de sus escritores más dotados, sino que el suceso pulsó también cuerdas inquietantes del alma japonesa, pues venía a demostrar que, junto a la enorme prosperidad material, en el Japón seguían vivos los austeros valores de los antiguos samurais.  



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