La “A” - Intelecto Hebreo

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27/09/2017
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La “A”

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La “A”
Por: Willy de Winter
Al principio era la letra. No es mucho en comparación con una oración entera, pero así se comienza. Lo bonito, puede decirse, es que no estaba sola. Otras veinticuatro compañeras le alegraban la vida y, sintiéndose líder, formó la liga alfabética. "La unión hace la fuerza", por lo tanto, su gran plan fue convertirse en la letra más poderosa.
Existen actualmente cinco mil novecientas lenguas, algunas escritas en letras griegas, cirílicas o hebreas, y otras en pictogramas, como el mandarín. Se sabe que están a punto de morir dos mil de ellas. “Así que vamos por buen camino", vociferó la A. "No necesitamos más. Cuando queden una, dos o tres lenguas, tendremos el control total", dijo en su primera magna Asamblea de Accionistas.
Las paredes del salón quedaron plagadas con sus efigies. Podía admirarse a la A en diferentes poses y expresiones que recordaban a Benito Mussolini durante la Segunda Guerra Mundial. Su rostro estaba enmarcado por dos diagonales, unidas por una sólida barra horizontal. Llevaba los brazos cruzados, como el duce italiano. Nadie dudaba de su victoria en las elecciones.
Frases de propaganda como: "Fuera la pobreza: la A es Abundancia" o "La A para un Alfabeto próspero y feliz", y luego "Asta que me compré una camisa me sentí feliz", porque su inteligencia era deplorable (Asta hasquerosa).
Ganó las elecciones por un margen abrumador. Su primera medida fue nacionalizar todas las palabras productivas, como fábrica, laboratorio, máquina, computadora, cambiando sus nombres en fábraca, labarataria, mácana, campatadara. La letra "i" servía todavía como una especie de comodín, pero ya no por mucho tiempo.
La A se había impuesto "a rajatabla". No tardó mucho en encarcelar a las letras disidentes. Primero las vocales. En la cársal llamada Santa Marta Acatatla fueron recluidas las "es". Decía A que una sola vocal, justamente la de su nombre -¡ah, qué coincidencia!-, todo el pueblo tendría suficiente alimento para sobrevivir. En el Reclusorio Norte se encarcelaron las "oes". En el Reclusorio Sur, las "ues". Las "íes" fueron desprovistas de sus puntitos; parecían seres rapados, y no podían trabajar en puestos públicos. Terminaron en los húmedos calabozos de Almoloya. Ni siquiera se dieron órdenes para cambiar el nombre del centro en Almalaya. ¿Para qué?
Al cabo de unos cuantos meses, ya no había comida, y las letras, comenzando con las vocales, sucumbieron unas tras otras por hambre y sed. Surgieron enfermedades como la ascarbata, la anaraxia, la balamia y la diabatas mallatas. Las íes no podían llevar sus puntitos o caireles, y murieron por gases letales.
El reino de A duró cien días. De repente, todos se dieron cuenta de que con una sola vocal nadie entendía a nadie. Si la única vocal iba a ser la A, ¿cómo no iba a entrar el caos? Por ejemplo: la "parra", ¿qué es? ¿Es el árbol cuya hoja sirve para cubrir los genitales -pero ¡qué noble misión, coño!-, o es el animal doméstico que ladra? ¡Quién podía desenmarañar palabras como adantálaga, que se suponía que era un dentista, o Dan Cajata da la Mancha, el libro más famoso de las letras hispanas, escrito por un tal Sarvantas da Saavadra! ¿La Famalia Barrán? Es la historieta más popular de este país.
Se hizo un despapaye generalizado -para no usar el término prohibido "daspapaya". Ni siquiera se podía usar la palabreja para identificar los congestionamientos típicos del tráfico en el Distrito Federal.
Terminó, pues, el reinado de A, porque ella misma se mató. Pronunció su último discurso en honor del benemérito de la patria. Exclamó: "Nasatras, las Astadas Anadas Majacanas siampra nas acardaramas da la frasa da Dan Banata Juaraz: 'La raspata a la daracha ajana as la paz'."
Fue la "gata que darramá la vasa".
Su fin fue para llorar. En su voracidad de abarcar todo, un día se colocó por delante de una humilde coma. Quiso adueñarse también de la coma. Se tragó al pobre signo de puntuación y se atragantó. Murió tras un breve período de haber entrado en coma.
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