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04/07/2018
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La Boina Roja

Colección y Consulta
La Boina Roja
 
Por: Tzila Chelminsky (Israel)
 
Cuando se viene a vivir a Israel, uno de los primeros encuentros que tiene el inmigrante es con el ejército israelí: hijos, esposos, hermanos, amigos o parientes están sirviendo en el ejército ya sea en forma de servicio regular o a través del servicio de la reserva (miluim) que también es obligatorio. Esta es una de las partes más difíciles de la "klitá" (adaptación). Pero al tomar la decisión de venir a vivir acá, sabemos que este es un componente imprescindible.
Cuando nuestros hijos llegaron a la edad militar no nos cabía la menor duda de que esa era parte de la decisión tomada. Y así fueron al ejército, aunque soñábamos que esa fuese la última generación que tendría que hacerlo, y que la paz finalmente llegaría a esta conflictiva región y no habría necesidad de un servicio militar masivo.
Confieso que en la ceremonia cuando nuestro hijo terminó su curso de oficiales, lloré como toda madre judía, primero por el orgullo de que hubiese llegado a tener grado de oficial y pudiese defender este país, pero por el otro, por el conflictivo deseo de que no tuviese que probar sus cualidades y habilidades guerreras en ninguna ocasión.
Israel se encuentra en estos momentos en una situación de seguridad difícil: después de la segunda Guerra de Líbano, Hizballah se fortifica en el norte, Siria compra el equipo militar más sofisticado del mundo y sigue ayudando a El Qaida, Hamas en Gaza ganó las elecciones y sigue declarando no reconocer a Israel, e Irán, en camino al adquirir la bomba atómica, declara que hará desaparecer a Israel del mapa.
Y en esta situación tan difícil son ahora nuestros nietos los que son llamados al ejército, y el mío se inscribió como voluntario al cuerpo de paracaidistas, uno de los más difíciles pero también más gloriosos de Israel.
Aún antes de la creación del Estado en 1948, la Haganá (cuerpo nacional de defensa) entendió la importancia de entrenar debidamente a los paracaidistas de origen europeo, que hablaban los idiomas locales, para que pudiesen ser lanzados tras las líneas enemigas ocupadas por los Nazis. Los mismos fueron entrenados en combinación con los británicos con el propósito de que ayudasen todo lo posible a los judíos y estableciesen desde esas zonas contacto de radio inalámbrico tan necesario a los ingleses.
Ciento setenta jóvenes, la mayoría de ellos del Palmaj, se ofrecieron para estos cursos. Con gloria se recuerdan los nombres de Jana Senesh, Enzo Sereni, Javiva Raich y Aba Berdichev. Al terminar la Guerra, 32 paracaidistas israelíes (en aquel entonces palestinos), habían operado en Rumania, Hungría, Eslovaquia, Yugoslavia y la frontera austríaca y realizaron una labor meritoria. Doce de ellos cayeron prisioneros y siete fueron asesinados. Los británicos reconociendo la importancia de la labor de estos paracaidistas, les otorgaron grados de oficialidad inglés para que en caso de que cayesen prisioneros pudiesen ser juzgados como prisioneros de guerra, como si eso para los nazis tuviese alguna importancia.
Al surgir el Estado de Israel, el recién creado gobierno organizó ya en 1948 el primer curso de paracaidistas, aunque sólo en la campaña de Sinaí en 1956 fueron lanzados soldados en paracaídas en el paso de Mitla. Desde entonces han operado desde helicópteros o aviones Hércules y se han convertido en la punta de lanza del ejército en las diversas guerras. Fueron ellos los que liberaron Jerusalem y llegaron los primeros al Muro de los Lamentos, donde en divulgadas fotografías se los ve llorando. En las guerras de Líbano jugaron papel importante, así como en los combates que han tenido lugar en los campamentos de refugiados y en todas las luchas de defensa. Tremendo ha sido el precio pagado por esta unidad, pues han caído más de 1.500 de ellos.
Para ingresar al cuerpo de paracaidistas, así como a la aviación, a los diversos tipos de comandos y al grupo de rescate de la aviación, el soldado tiene que firmar que lo hace por decisión voluntaria; además, siguiendo la tradición bíblica, si es hijo único o su familia ha perdido ya otro hijo, también los padres tienen que firmar su consentimiento.
En forma tradicional, al terminar la primera etapa de entrenamiento, se realiza una ceremonia donde se les otorga a los reclutas la boina roja de la unidad, junto con el distintivo con las alas y el paracaídas.
Esta boina roja usada por los ingleses en Palestina, y no la amapola roja como comúnmente se cree, fue la que inspiró la canción "Kalaniot" ("amapolas") inmortalizada por Shoshana Damari.
Así fue como a fines del mes de febrero asistimos a la ceremonia donde nuestro nieto recibiría la boina roja. En algunos casos es la madre de un soldado, traída expresamente para esa ocasión generalmente de Rusia, la que le entrega la boina roja. Como un enorme campo de amapolas se veían los reclutas en la ceremonia, sumamente emotiva.
Emocionados presenciamos la ceremonia y sentimientos contradictorios nos embargaban. Por un lado, el orgullo al percibir el sentido de responsabilidad y voluntarismo de estos jóvenes y, por el otro, el penoso deseo de que en el país no se presenten situaciones difíciles que los llamen a demostrar todas sus capacidades.
 
Como dice la canción de los paracaidistas: 
"Vamos juntos en el avión que se eleva,
nuestras pasiones quedaron atrás,
En un momento más se abrirá la tela
en un segundo sobre ella
se revelará el Creador
Que se abra sobre mí, que se abra
 Y que sobre mí dé su protección.".
(traducción libre)
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