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04/07/2018
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La Universidad


Por: Magdala

En el siglo XII, antes de la aparición de las universidades, el saber se basaba en el quadrivium (geometría, aritmética, astronomía y música) y el trívium (gramática, retórica y lógica); sin embargo estas "artes liberales" tenían escaso impacto en los estudios. Para obtener un título lo único que el estudiante debía saber era latín y filosofía.

Después de cuatro años de estudios se obtenía título de Bachiller en Artes y al cabo de tres años más el de Maestro en Artes. La enseñanza se hacía en latín y el examen final consistía en un debate en el que el estudiante tenía que defender sus ideas ante sus maestros en una difícil prueba oral que podía durar una semana. Si pasaba dicha prueba, recibía un beso de bendición de sus maestros y después participaba en una procesión triunfal por toda la ciudad.

Más tarde y tal vez como consecuencia del redescubrimiento de las obras de Aristóteles, el gran filósofo griego, en el siglo XII renació el interés por el conocimiento en toda Europa. Las comunidades de profesores (más tarde llamadas universidades) empezaron a competir con las escuelas vinculadas a monasterios y catedrales. Tenía acceso cualquier hombre libre que pudiera costearse sus estudios y no se practicaban exámenes de admisión. La idea de que una mujer estudiara era inconcebible y así siguió siendo hasta el siglo XIX.

En el siglo XIII los centros de estudio ya se denominaban universidades, a las que el joven imberbe llegaba hambriento y con los pies destrozados, tras haber recorrido cientos de kilómetros para ocupar su lugar. Pero el calvario no había hecho más que empezar. Al llegar le afeitaban la cabeza y los estudiantes veteranos le vaciaban los bolsillos para celebrar una fiesta a costa del recién llegado.

La vida de estudiante que habría de llevar durante 15 años era una dura batalla, no sólo contra los dedos congelados y el estómago vacío, sino también contra el Estado, los profesores, otros estudiantes y la ciudad. El primer problema era encontrar habitación de alquiler barata. Frecuentemente compartían la habitación y los más pobres también la cama, así ahorraban dinero y pasaban menos frío; su destino en las viejas universidades de Europa -de Bolonia a Cambridge, pasando por las de Salamanca o París- no era en absoluto feliz.

El prestigio de los maestros atraía a estudiantes que llegaban desde lugares muy lejanos; éstos se asociaban en «fraternidades» unidos por intereses comunes, a veces por nacionalidad, pues la mayoría estaban lejos de su país. Solían recibir el nombre de clérigos, porque muchos se proponían hacer carrera en la iglesia. En los países del norte, vestían tonsura y sotana y en Italia, llevaban batas hasta los pies llamadas cappas.

Los libros eran un bien preciado, los textos para el estudio eran leídos en voz alta por un maestro antes de su discusión. Los alumnos podían sentirse afortunados cuando compartían un ejemplar.

La jornada del estudiante empezaba a las cinco de la mañana con una misa obligatoria; el almuerzo era a las diez de la mañana y la cena a las seis de la tarde. Estaba prohibido hablar durante las comidas, mientras se leía la Biblia en voz alta. Los juegos y la música estaban prohibidos, sin embargo, muchos estudiantes se negaban a cumplir las rígidas normas. Un afligido padre de Besaron escribió a su hijo: «He sabido que llevas una vida disoluta e indolente, que te permites todo tipo de licencias y que tocas la guitarra mientras los demás estudian».

Existían tensiones entre los estudiantes y las gentes de la ciudad que podían acabar explotando. Por ejemplo en Oxford (1355), hubo una batalla callejera que duró tres días y provocó 63 muertos; la causa, la calidad del vino que se servía en una taberna local. No siempre estaban exentos de culpa los estudiantes, pero los encargados de mantener la disciplina eran -a veces- los instigadores del conflicto.

¡Que enorme diferencia entre aquellos estudiantes y algunos de esta época! pues el que asistía a la Universidad, lo hacía por un verdadero deseo de adquirir conocimiento. Esto me recuerda el caso de una muchacha que estudió su carrera de hotelería en la Universidad Anáhuac y cuando llegó al rancho donde reside su familia, muy orgullosa de su título, su papá le dijo: «Pero mujer, si yo te mandé a la universidad para conseguir un buen marido, no un título».

Los tiempos cambian ¿verdad?


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