Muralismo Mexicano - Intelecto Hebreo

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27/09/2017
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Muralismo Mexicano

2° Lustro Rev. Foro

Muralismo Mexicano


Por: Sara Zaidman

La Revolución de 1910 surgió de una impostergable necesidad de renovación y abarcó todos los sectores de la sociedad mexicana de principio de siglo.


El filósofo José Vasconcelos, quien era Secretario de Educación del Presidente Obregón, emprendió una vasta renovación revolucionaria en la Cultura Nacional. La Revolución había entrado en su etapa pacífica en un país agotado por la guerra civil, ruinoso, pobre, enfermo y analfabeto; el idealismo socialista de Vasconcelos le hizo suponer que el arte heroico podía ayudar a fortalecer la voluntad de construcción, las pinturas y murales serían los altares cívicos ante los cuales el pueblo iría a reafirmar su fe en el nuevo orden. Confió su anhelo a Diego Rivera, y en 1922 le ofreció el anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria.
Rivera emprendió dentro de un horizonte histórico de gran amplitud, el análisis materialista-dialéctico de la estructura social, teniendo como meta de su disección la esperanza. Rivera fue un artista académico de nuevo tipo lo suficientemente avanzado para crear con fórmulas conocidas un arte novedoso, mexicano por su carácter y su contenido, universal por su significado.
Lo que vino a poner orden en aquel caos, y significó el comienzo del gran movimiento artístico mexicano fue la creación del Sindicato de Trabajadores Técnicos, Pintores y Escultores, el nombre sirvió de bandera a las ideas que venían gestándose, basadas en teorías socialistas contemporáneas.
El propulsor, el primer entusiasta de aquella fabulosa empresa artístico-ecológica que a pesar de una incompleta preparación técnica profesional, demostraba ya para entonces una personalidad pujante: David Alfaro Siqueiros, el genial inconforme del arte mexicano, quien dijo: "Proclamamos que dado el momento social es de transición entre un orden decrépito y uno nuevo, los creadores de belleza deben realizar sus mayores esfuerzos para hacer su producción de valor ideológico para el pueblo y la meta ideal del arte que actualmente es una expresión de masturbación individualista, sea de arte para todos, de educación y de batalla".
El manifiesto debe haber conmovido profundamente a Orozco pues fue el único que se atrevió a destruir los murales simbolistas que había juntado en el patio grande de la Escuela Preparatoria. Al hacerlo rompió sus vínculos con academias y tradiciones, actitud que había adoptado tempranamente para su obra de caballete. El problema de Orozco no fue esencialmente estético sino esencialmente humano; no le interesó la estructura sino el conflicto. Orozco decidió encender su pasión a raíz de los demás; con absoluta conciencia, torturado por el inconformismo, dio rienda suelta a su instinto para expresar su solidaridad.

Al comienzo la efervescencia renovadora cogió a todos por igual, muchos, los mejores, avanzaron francamente hacia la producción de un arte de contenido ideológico militante. Otros como Roberto Montenegro, Carlos Mérida y Fernando Leal, recorrieron parte del camino, tomaron para sus obras elementos pintorescos de la historia, las tradiciones populares o el folklore, pero sin adicionarle ninguna alusión política. También Ángel Zárraga hizo decoraciones religiosas de estilo modernista en varias iglesias de Francia y en la Catedral de Monterrey.
Con Xavier Guerrero el movimiento tenía el aporte de las tradiciones populares en pintura al fresco, tanto en la técnica como en el sentido creativo, dado que los pintores populares decoraban al fresco las pulquerías. Carlos Mérida (guatemalteco radicado en México) aporta el primer tramo de muralismo en la Biblioteca Infantil de la Secretaría de Educación; todos los hallazgos del vanguardismo europeo se tamizan en sus pinturas, esmaltes, acuarelas o piedras policromadas, adquiriendo, en su exquisita elaboración, un sello de antigüedad americana.
El manifiesto ancló a los pintores en la indispensable sinceridad objetiva y subjetiva respecto del pasado y el presente y los obligó a producir arte realista. No concretaron fórmulas ni establecieron patrones, cada quien entendió el realismo a su manera. Siendo una tarea de grupo, conservó para el creador lo más positivo del individualismo: la autodeterminación indispensable para la inventiva, la responsabilidad y el entusiasmo; autodeterminación que estuvo constantemente normada por una crítica colectiva, que no siempre se expresó en términos fraternales.
Los críticos más agudos y persistentes, que acosaron a los pintores muralistas durante cada tramo de su producción, fueron los mismos pintores muralistas. Los artistas polemizaron, trabajaron unidos o enfrentados en bandos contrarios; pero la índole voluntaria de su adhesión hizo que jamás se arrepintieran ni se retractaran de su determinación original.
Los tres artistas más importantes que representaron este movimiento fueron: José Clemente Orozco, Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros, cada uno dejó una profunda huella en la historia de la pintura mexicana y son un tema para otro capítulo.




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