Piercings y tatuajes, ¿moda pasajera? - Intelecto Hebreo

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Piercings y tatuajes, ¿moda pasajera?

2° Lustro Rev. Foro

Piercings y tatuajes, ¿moda pasajera?

Oct/2011
Por: Luis Geller

Pasan de las siete y la sinagoga está llena, casi a reventar. Decenas de judíos  vestidos con el clásico manto blanco con franjas negras, esperamos el inicio del Kol Nidrei, y con él, el comienzo del Día del Perdón. Cuando el cantor ocupa  su lugar en el centro del salón, los rumores de la gente empiezan a disminuir  hasta convertirse en un inesperado silencio que anuncia, por fin, el triunfo del orden sobre el caos.

De pie,  en mi sitio acostumbrado, para que si los ojos del Eterno decidieran posarse en el recinto puedan localizarme fácilmente, abro el libro en la página correspondiente y me dispongo a esperar.

De pronto, un joven que pasa a gran velocidad tropieza y cae justo sobre mí.  De no ser porque milagrosamente logro conservar el equilibrio, ambos habríamos ido a parar al otro extremo del salón.
—"Uuy, perdone," —dice, levantándose—. "De veras lo siento. Lo siento mucho. Discúlpeme. ¿Está usted bien...?"
Lo dice de una manera que denota preocupación. Con ayuda de mis vecinos recobro la compostura y regreso a mi lugar. Mientras, las miradas se posan en el Cantor que se dispone a iniciar la ceremonia y acomoda nerviosamente su manto y su sombrero bordado    de finas franjas de seda. Todos me sonríen, acomedidos. "¿Está usted bien?" El joven se agacha para recoger mi libro, lo besa reverentemente y lo pone en mi mano. Su rostro está rojo y a pesar de que no hace calor, suda copiosamente.


—"Perdóneme" —dice en voz baja—. "¿Cree que me podrá  perdonar?"
—"Claro que sí" —le respondo—. "No pasó nada. Fue un accidente. Estoy bien. No pasó nada."
Tomo el libro y le sonrío. El joven me abraza y desparece entre la gente.  A los pocos segundos vuelve y empieza a hurgar bajo los asientos.
 
—"Ahá" —gruñe—. "Ya lo encontré. Ufff. ¿Se imagina? Pero, bueno, ya lo encontré."
Se acerca a mi oído y murmura por lo bajo.
—"Es mi piercing" —murmura—. "Me lo tuve que quitar a la entrada o no me hubieran dejado entrar. No vaya a decir nada. Gracias."
—"¿Piercing?" —digo en voz alta, sin darme cuenta.
—"Es la moda" —escucho decir a mi vecino—. "Se lo ponen en las orejas o en las cejas o ni le digo dónde. Pero si lo traen puesto no los dejan entrar. Y lo peor es que con eso, o con un tatuaje, no los van a querer enterrar en el     panteón judío. A ellos no les importa porque son jóvenes y creen que nunca se van a morir".


El Cantor voltea para pedirnos silencio y mi vecino se aparta un par de pasos.  Kol Nidrei está por empezar.

La moda del piercing, en México, empezó apenas hace algunos años y cobró apogeo con el inicio del nuevo Siglo. Desde entonces, el número de jóvenes que se hacen perforar la piel o se dibujan caprichosas figuras con agujas y tinta indeleble      ha ido en aumento. Los jóvenes judíos, por lo menos en nuestro país,  no han sido la excepción.

Pero, ¿está permitido? ¿Los rabinos lo permiten? Por lo que dijo el presuroso joven, sé que se les prohíbe la entrada a las sinagogas y demás lugares de culto, y si mi vecino está en lo cierto, no se les permitirá ser enterrados      en un panteón judío.  Desde luego, me imagino que habrá excepciones para las personas que salieron de los campos de concentración y aún tienen un tatuaje en el brazo.  Me imagino que a estos, mi vecino no los incluye en su sentencia,    y   seguramente tampoco a quienes muestran una clave tatuada cerca del corazón para casos de emergencia médica.

La prohibición de hacernos incisiones en  la carne o tatuarnos la piel, desde luego de manera voluntaria, tiene sus orígenes en la Torá, "No harás incisiones en tu carne, a causa de muerto, ni te harás tatuaje. Yo soy el Señor." Y usted y yo sabemos que  cuando un versículo termina con las palabras "Yo soy el Señor", se trata de un decreto —un jok— que no necesariamente tiene que ser explicado sino que es una orden directa de arriba. Y ésas no se cuestionan. Ahora, si queremos una  explicación detallada, la más conocida dice que se trata de prácticas idólatras del pasado que nuestra religión prohíbe terminantemente.

"Pero," —pienso— "¿no menciona la Torá costumbres de uso de piercings o aretes como práctica común entre los israelitas de esas épocas?" Recuerdo que Eleazar, el siervo de Abraham  Avinu, regresa de casa de Labán y anuncia que "le ha puesto la arracada en la nariz a Rebeca", la prometida que ha conseguido para Itzják y que se convertiría en una de nuestras matriarcas.

Después, los aretes salen a cuento cuando Yaacov Avinu, después de lo sucedido con su hija Dina y la violenta acción de Shimón y Leví, recibe la orden de "subir a Betel y hacer allí un altar". "Y ellos, su familia" —dice el pasúk— "dieron a Yaacov los dioses extraños que tenían en su poder y los pendientes que estaban en sus orejas, y Yaacov los escondió bajo la encina que estaba cerca de Shjem".

Más adelante, la Torá menciona a los esclavos que no desean salir libres  al séptimo año.
—"Entonces" —dice, el versículo— "...su amo le horadará la oreja con una lezna y él será siervo suyo para siempre".

Ahora, si mis cálculos son correctos, cuatrocientos treinta años más tarde, Moshé Rabenu se encuentra en la cima del Sinaí recibiendo la Torá de manos del Creador del Universo, y como se tarda un poco más de lo que el pueblo es capaz   de esperar, éste, por voz de los impacientes, pide a Aharón que "haga un dios que vaya delante de nosotros".

Aharón, a quien Moshé había dejado "encargado del negocio" mientras subía a la montaña, decide ganar tiempo siguiéndole la corriente a los Bnei Israel que claman "...pues no sabemos qué se haya hecho de él" y sin más preámbulos,   se enfrascan en el penoso asunto del becerro de oro. "Quitad los pendientes que hay en las orejas de vuestras mujeres y de vuestros hijos e hijas y traédmelos". De nuevo, una práctica común entre los judíos de la época.

Inicia Kol Nidrei. Primero con voz suave y luego con voz serena y firme, el canto se eleva para llevar nuestros ruegos hacia las Torót que han salido del Ejál. A pocos pasos, en el pasillo opuesto, un brillo llama mi atención. Es el impulsivo   joven que no deja de mirarme. Cuando capto su mirada, con los labios dice "perdón". Le sonrío y vuelvo la vista al jazán que está a punto de terminar el rezo.

Para mis adentros, pienso que si el perdón que pide este joven es por el tropezón que casi nos hace caer, por mi parte ha sido sellado y olvidado. Si lo pide por haberse perforado el lóbulo, pues la petición no es conmigo, sino con la Autoridad   Mayor que hoy, en el día de kippur, es cuando se encuentra presente en el recinto.

Termina Kol Nidrei. El penetrante sonido del shofar sella nuestras palabras y casi cierra el plazo para que los creyentes pidamos ser inscritos en el Libro de la Vida por un año más. Mi vecino, con la cabeza cubierta por el manto, dialoga con la   Presencia y gesticula con ambas manos. Después, voltea y sonríe.
—"Hoy es el mero día en que se puede hablar con Él" —dice—. "Pedí por mi familia, por mis hijos y por sus hijos. Y también por esos jóvenes. Alguien tiene que pedir por ellos, ¿no cree?"

Llueve. Mientras caminamos rumbo a la casa, pienso en los jóvenes que perforan sus rostros o se hacen tatuajes en el cuerpo. Más allá de consideraciones morales o religiosas, me pregunto si las reglas de las sociedades actuales requieren de tales   demostraciones para que los jóvenes sean aceptados en sus esferas sociales.

Pienso que ésta y tantas modas son su forma de protesta ante las enormes cargas que les hemos dejado; un mundo inestable, plagado de sombras que murmuran en la oscuridad de las bocacalles y se cuelan en sucios remolinos por las alcantarillas repletas   de basura, inseguridad, alcoholismo, drogas, piercings, tatuajes y alejamiento.

Pienso que esos jóvenes deben sentirse muy solos para hacer lo que hacen. Y me uno a mi vecino, esperando que sólo sea una moda. Sólo eso, moda pasajera.

Las luces de la Sinagoga permanecerán encendidas hasta el día siguiente. Por lo pronto, el orden sucumbe ante el caos. La sola idea  del ayuno que apenas ha dado inicio, empieza a darme un fuerte dolor de cabeza.






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