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04/07/2018
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Pinjas Zajdman

Colección y Consulta
 
Pinjas Zajdman
 
Por: Sara Zaidman

 
Mi padre nació el 15 de abril de 1902 en un municipio de Varsovia llamado Grodzisk Mazowiecki, sus padres fueron Rosa y Moisés Zajdman. Tuvieron 3 hijos, siendo el mayor Pinjas; mi abuelo Moisés tenía una fábrica de medias de seda donde mi padre lo ayudaba.

 
Pinjas estudió la primaria y después en una escuela comercial. En 1918 decidió aventurarse hacia el extranjero, estuvo en la República Checa y en Berlín; cuando llegó a Viena conoció un grupo de Jalutzim que se dirigía a Eretz Israel y decidió unirse a ellos. El movimiento juvenil surgió en Rusia a principios del siglo XX; los preparaban para vivir en la tierra de Israel.

 
Después del primer Congreso Zionista Mundial organizado por el periodista Theodor Herzel, y de la declaración Balfour (emitida por Gran Bretaña a favor de la creación de una nación judía en Palestina), los jóvenes Jalutzim, se sentían iluminados de esperanza, listos para ir a su nueva patria y trabajar por ella.

 
A principios de 1919, mi padre se unió al grupo de Jalutzim junto con 1500 compañeros que se embarcaron en Trieste, en el buque carguero de nombre Corinthia. El viaje duró más de 2 meses; la nave se detuvo en todos los puertos itálicos y balcánicos. El primer puerto al que arribaron fue Venecia. Los judíos sefarditas les dieron una calurosa acogida y los festejaron por 3 días. Posteriormente el barco permaneció 10 días en Brindisi pues no había trabajadores quienes cargaran el carbón; terminada la huelga prosiguieron navegando con rumbo a Port Said, ciudad egipcia cerca del Canal de Suez y después pararon en Alejandría.

 
Unas horas antes de llegar al Puerto de Jaffa, los jóvenes de ambos sexos cantaban y bailaban con entusiasmo ante la emoción y el paisaje. Les dieron la bienvenida y mi padre se hospedó en un hotel; después decidió ir a Jerusalén, a la casa del Sr. Klein, que era Superintendente de la estación del ferrocarril en Jerusalén. Pasó unos días en el lugar y posteriormente (mediante la recomendación y examen físico del Mandato Inglés) le otorgaron en el ferrocarril un puesto de responsabilidad en Lydda.

 
En ese trabajo tuvo oportunidad de conocer todo el país, visitó nuevos Kibutzim y varios lugares históricos del país: Jerusalén, Haifa, Gaza, Shjem, Jericó, Hebrón, Sfat y Tiberiades. Así se entregó a este nuevo ambiente; su trabajo era intenso pero satisfactorio, con la idea de que estaba construyendo una patria para su pueblo.

 
Un día después de Pesaj se dispuso a tomar una diligencia donde encontró con Baruj, (joven nacido en Israel que era su compañero de labores en Lydda); de repente vieron venir una multitud de árabes armados con palos y hierros; la gente corría despavorida, era un progrom; ellos se les enfrentaron, y en poco tiempo yacían sobre el suelo muchos judíos golpeados y ensangrentados. Al sentirse rebasados por el sorpresivo ataque, mi padre y Baruj comenzaron a correr, atravesando las líneas enemigas y fueron a dar a un patio donde encontraron al boticario Shalosh; al hombre lo descalabraron y le corría la sangre como un manantial. Los tres subieron por la escalera y tocaron una puerta. Una señora abrió, quiso cerrar la puerta, pero papá la detuvo con el pie, eran puras mujeres árabes. Ellas empezaron a gritar pero los hombres las convencieron de que pudieran lavarse las heridas. Ahora el problema era salir de ahí. Mi padre notó un ropero que estaba cerca de la ventana, se subió en él y brincó por la ventana. Una vez que estuvo a salvo les aventó la llave por la ventana. Al disminuir los disparos y los gritos, salieron a la calle. Tres horas más tarde llegó el regimiento y al fin estableció el orden. Ellos encontraron con alrededor de 50 muertos, que fueron enterrados en el panteón de Tel Aviv. En memoria de aquellos valientes se levantó un monumento y reinó una atmosfera de luto durante algún tiempo en la comunidad.

 
En aquel entonces hubo un éxodo de las aldeas pequeñas hacia los centros de mayor población como Tel Aviv; para solucionar el problema de habitación, se levantaron tiendas de campaña a donde -como muchos otros- se mudó mi padre. El horario de sus tareas fue cambiado. En lugar de trabajar veinticuatro horas seguidas, trabajaba de ocho a cinco de la tarde.

 
Al poco tiempo también existió una conspiración en el tren en el que viajaban en la parte de atrás un grupo de árabes y adelante estaban muchos empleados judíos. Empezaron a atacar los árabes poco antes de pasar por una aldea, en donde una multitud coludida con ellos subiría al tren para completar el ataque en contra de viajeros judíos. Al llegar al lugar indicado, el tren empezó a subir la velocidad, gracias a que el Ing. Bartell, que viajaba en el tren y que trabajaba como supervisor de la estación de Lydda, se enteró a tiempo de la conspiración. Con rapidez se trasladó a la máquina, y ordenó al maquinista -también de origen árabe- aumentara la velocidad de la locomotora. Gracias a su oportuna decisión todos se salvaron y pudieron controlar a los árabes revoltosos que iban a bordo. Pasaron algunos meses sin novedad. Mi padre seguía trabajando en Lydda aceptando su destino, pero un día sus superiores lo consideraron indispensable en Rosh Ha Ayin, pues no había quien controlara con eficiencia la creciente estación ferroviaria de esa población.

 
En su nuevo puesto, papá inició con el mismo entusiasmo sus tareas, haciendo lo posible para cuidarse de no contagiarse del paludismo. Vivía en una pensión con una familia, pero él preparaba y calentaba sus alimentos. Con el tiempo se sintió muy solo, pues el único ser viviente que veía, era un pastor beduino y su rebaño. Su compromiso original era quedarse por un mes, pero sus superiores al ver que no enfermaba lo dejaron más tiempo. Al tercer mes inició la temporada de lluvias y la vida en el lugar se le hizo insoportable. Un día salió de Rosh Ha Ayin a Petah Tikva en medio de un aguacero, la tormenta se soltó y tuvo que continuar su camino por senderos inundados; se quitó los zapatos, se los amarró al cuello, se remangó los pantalones; con un bastón en mano y su sombrero empapado, resbalaba y se hundía en los lodazales tratando de mantener el equilibrio.

 
Aunque la lluvia no cesó un momento, siguió caminando pero nunca soltó el bastón. Si regresaba presentía que la muerte lo sorprendería, aislado, hambriento o enfermo de paludismo. Tenía que atravesar el río Yarkon. En la peligrosa travesía papá sintió que las fuerzas lo abandonaban y el torrente lo jaló, lo hundió y casi sufrió un desmayo bajo el agua. Sin embargo, vio a lo lejos unos árboles e hizo lo imposible para nadar hacia ellos. Pensó que era el fin, y en ese momento se acordó de una gitana que le había leído las cartas, diciéndole: "Tienes un largo camino, pero cuídate del agua". Al recordar esas palabras reaccionó y haciendo un gran esfuerzo nadó hasta alcanzar una rama de árbol. El oleaje lo aventó y lo alzó por los aires. El impermeable que traía puesto, lo hizo flotar hasta que se desmayó. Un árabe montado en burro lo encontró tirado, lo jaló a la orilla y lo montó atravesado sobre el animal para que arrojara el líquido que había tragado. El amable árabe lo llevó a Petah Tikva donde poco a poco se recuperó de un terrible paludismo con fiebres altísimas; le dieron química por un tiempo para controlar el mal, pero sin curarlo definitivamente; cuando se sintió mejor quería irse a los E.U. para curarse por completo.

 
Pinjas Zajdman vivió en Israel de los dieciséis a los veintidós años, y el 12 de septiembre de 1923 arribó a Veracruz con un grupo de veinte inmigrantes provenientes de Israel.

 

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